Un nuevo Pentecostés en nuestros corazones Editorial 

Un nuevo Pentecostés en nuestros corazones

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

¿Crees que la maldad crece sin detenerse? Eso parece. Sin embargo, eso es lo que busca el mundo: estancarnos en la resignación y la tristeza con sabor a angustia. Pues, ¿qué diría Jesús frente a estos tiempos? Tengan fe, yo he vencido al mundo. Y es que si lo observamos con lógica es razonable: menos Dios en la sociedad y tendremos un aumento de la fragilidad y el pecado. Por ello existe mayor corrupción, intolerancia, promiscuidad, adicciones, vacíos profundos, relaciones rotas, miedo al futuro y al compromiso. Puede decirse que esta es la generación de lo desechable y lo pasajero. No obstante, hay tantos seres humanos de buen corazón, llenos de amor y de esperanza que tienen su corazón anclado al que es la Roca: a nuestro Señor y Dios, Jesucristo. ¡Esta es la clave para hacer la diferencia!

Tal como la suciedad se desvanece ante la corriente de agua, así la maldad se borra con la gracia que recibimos del Cielo. Los sacramentos y su constante práctica son un torrente de agua que arrastra todo lo que es barro, lo que mancha nuestros corazones. Por ello un buen cristiano católico es aquel que se confiesa al menos una vez al mes y que comulga los domingos como necesidad; si es posible entre semana ¡qué mejor! He escuchado mentiras que de tanto oírlas muchos jóvenes lo creen cierto. Como aquello de que se puede ser católico sin ser practicante, o creyente sin ser “fanático” de rezar e ir a misa. ¿Tendría sentido si te dijera soy futbolista pero no juego partidos, o soy médico pero no consulto pacientes? No existe nada como ser demasiado bueno o demasiado santo como para dejar de ir a reconciliarse con Dios en la Confesión, o dejar de recibir la santa Eucaristía. Recuerda, no se va a misa por ser merecedor de tal gracia o por ser casi perfecto, sino porque somos conscientes de nuestra debilidad y necesidad de Dios.

Hay quienes se sienten demasiado indignos de presentarse ante el Santísimo a orar o acudir al interior de una iglesia por temor a ser juzgados por Dios, de manera que se alejan de la fe. Déjame decirte ¡No hay mentira más grande que esta! Nadie se aleja del fuego cuando tiene frío por temor a quemarse, ni se aleja de un manantial cuando tiene sed por temer mojarse. Cuando observes a alguien rezar con fervor, hablar de Dios con soltura o acudir frecuentemente a la Santa Misa no creas que son mejores que tú, sino más bien que han encontrado la fuente que llena sus vacíos, y que una vez que la han probado, no pueden sino permanecer cerca de ella. Sabes, sucede algo interesante: entre más quieres ser digno del Señor y lo buscas, más caes en cuenta de tu pequeñez y tu debilidad. Entonces, este camino hacia la conversión y la santidad no se termina hasta que tus días en la tierra lleguen a su fin. 

Pero, ¿qué hacer si no “siento” a Dios cerca? ¿Si me siento solo, desesperado o tibio ante mi fe? Necesitas un nuevo pentecostés. ¿Sabías que “pentecostés” proviene del griego y que significa “quincuagésimo”, es decir, cincuenta días? Por ello, en la Iglesia Católica lo celebramos como el tiempo que transcurre después del Domingo de Pascua. Pero además de esta definición, encontramos algo más en esta palabra, de manera que podemos hacer uso de ella para hablar sobre un renacer en nuestro interior.

Una hermosa forma de describirlo es como lo hizo el Papa emérito Benedicto XVI, un 27 de mayo del 2012, cuando dijo: “Jesús, después de resucitar y subir al cielo, envía a la Iglesia su Espíritu para que cada cristiano pueda participar en su misma vida divina y se convierta en su testigo en el mundo. El Espíritu Santo, irrumpiendo en la historia, derrota su aridez, abre los corazones a la esperanza, estimula y favorece en nosotros la maduración interior en la relación con Dios y con el prójimo”.

¡Cuánta verdad hay en sus palabras! Pues es precisamente de lo que carecemos hoy. Necesitamos una renovación de nuestra esperanza, en medio de corrientes que nos arrastran hacia abajo; ese despertar hacia la fe íntegra y firme que se encuentra rodeada de una oscuridad asfixiante. En otras palabras, es de gran importancia que abramos nuestro corazón a Dios y lo protejamos del “mundo”. Puede sonar complicado, pero es sumamente sencillo, todo lo que se necesita es permitir que nuestro Señor sea nuestro -todo-, y reconocer que sin Él, no somos nada. 

A estas alturas podríamos sentirnos perdidos y solos, preguntándonos ¿Cómo lograré mantenerme de pie cuando voy contra corriente? Recuerda, María estaba en el Cenáculo orando con los apóstoles, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos como lenguas de fuego. Ella les daba ánimo y fortaleza en momentos en que se sentían como pequeños, atemorizados de quienes los perseguían en el exterior. Fue la Mujer que Jesús nos dio como Madre, quien se mantuvo al pie de la Cruz, cuando a excepción de Juan, todos lo habían abandonado. Entonces, también ahora Ella confiaba en la fiel promesa de su Hijo: “Cuando venga el Protector que les enviaré desde el Padre, por ser él el Espíritu de verdad que procede del Padre, dará testimonio de mí. Y ustedes también darán testimonio de mí, pues han estado conmigo desde el principio” (Jn 15, 26-27). “Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad” (Jn 16, 13).

Nuestro Señor nos prometió que el Espíritu Santo nos guiaría y nos daría la fortaleza necesaria para caminar sin miedo. Sin embargo, antes de que llegase esta fuente de coraje y valentía, dejó entre los apóstoles la fuente de la cual brotaba un amor incomparable hacia Dios; María. Jesús sabía que debía reunirse de nuevo con el Padre, pero conociendo nuestra fragilidad y miedo al desamparo, nos concedió a su propia Madre. María fue la luz que iluminó las noches más oscuras en aquel tiempo de incertidumbre; fue la misericordia y la bondad coronadas por una pureza incomparable.  “Ahí tienes a tu madre” le dijo al discípulo amado (Jn 19,27). Y hoy, con gran cariño nos dice a cada uno de nosotros, “ahí tienes a tu madre, María, ámala como yo la he amado”.

Sabes, en pleno siglo XXI el llamado continúa: Síganme, y Yo los haré pescadores de hombres. No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma. Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.  No es fácil, de hecho Jesús no dijo que lo sería. No obstante, nos aseguró que la guerra ha sigo ganada y que el príncipe de este mundo ha sido vencido, pero que debemos defendernos en la batalla. Para ello nos ha puesto como ejemplo a una criatura como nosotros -aunque libre de pecado-, quien fue fiel a Dios en lo próspero y en lo adverso, y que gracias a esta perseverancia, alcanzó la vida eterna al lado del Padre. En efecto, Ella aplastó la cabeza de la serpiente por su humildad y pureza. Asimismo, es una Madre que nos protege y aboga por nuestra causa.

De hecho, Ella es la abogada que no pierde ningún caso; ningún hijo suyo que la ame y busque enmendarse se perderá en el abismo. Tal como santa Brígida escuchó de los labios de Jesús quien le decía a su Madre: “Pídeme cuanto quieras, que tus ruegos no pueden quedar fallidos; porque ya que tú nada me negaste en la tierra, Yo no puedo negarte nada en el cielo”. Su poder radica en ser la Reina Madre, quien tan cercana y amada por su Hijo el Rey, no puede hacer éste sino favorecerla. Con gran razón encomiéndate a tan dulce protección.

Existen muchas y variadas oraciones para consagrarte a María. Aquí te comparto una que digo con frecuencia y que es fácil de recordar:

¡Oh Señora mía, oh Madre mía!,
yo me entrego del todo a Ti,
y en prueba de mi filial afecto,
te consagro en este día
mis ojos, mis oídos, mi lengua y mi corazón,
en una palabra, todo mi ser,
ya que soy todo tuyo,
¡oh Madre de bondad!,
guárdame y protégeme como hijo tuyo. Amén.

Si has buscado en los lugares incorrectos, si te has perdido en las profundidades de las adicciones, de la soledad y de la depresión, no te rindas que hay esperanza. Si te has alejado de la llama de la fe y con ello se han multiplicado tus pecados, busca enmendarte y encontrarás una mano extendida para levantarte de toda aquella maldad y decirte: Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante, no vuelvas a pecar(Jn 8, 11).

Pídele a María que te ayude a orar, que te enseñe a ser paciente y a buscar sin vacilar las cosas que conducen a la vida eterna. Ella te guiará hacia quien es la Luz del mundo y le pedirá a su Hijo amado, un nuevo Pentecostés para tu corazón.

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