¡Ahí estas Señor! Editorial 

¡Ahí estas Señor!

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

Puede aprenderse tanto cuando uno se detiene frente al sagrario a orar en un lugar tan concurrido como lo son las iglesias y basílicas de Roma. Teniendo la gran posibilidad de poder acudir esta semana santa, reflexioné sobre dos cosas en concreto.

La primera de ellas sucedió en la basílica de San Pablo. Su belleza es indescriptible, sus muros altos, sus detalles adornan cada uno de los rincones del lugar y ante tanta hermosura ¡te sientes tan pequeño! Entonces, paseando lentamente por aquí y por allá, llegué finalmente hasta el altar en que estaba expuesto en Santísimo Sacramento. La capilla se encontraba repleta que justamente afuera, tras la puerta, se encuentran una serie de reclinatorios que dirigen su vista de forma directa hasta el tabernáculo. En uno de ellos me senté. La gente transitaba por el pasillo que quedaba entre la puerta para ingresar a la capilla y los reclinatorios donde me encontraba. De forma que pasaban a unos metros de mí, muchas veces sin percibirme al darme la espalda para echar un vistazo al interior de la capilla.

Arrodillada en oración, miraba hacia el sagrario a unos metros. No hace falta decir que muchas de las personas que ahí acuden son turistas que no comprenden nuestra fe católica, ni el riquísimo significado de un tabernáculo con dos luces rojas encendidas a los costados. De forma que muchos de ellos, llevados por la hermosura de los detalles y el silencio que se impregnaba en el ambiente, sacaban sus celulares o cámaras para capturar el momento y el lugar en el que se encontraban de viaje. Podía ver sus rostros resplandecientes tras percibir una belleza indescriptible que a lo largo de los siglos la Iglesia Católica ha logrado hacer prosperar en su arquitectura e imágenes.

Lo que me pareció interesante es que algunos, después de mirar el techo de la capilla aún desde la puerta de ésta, una vez que tomaban las fotos, al salir percibían a una chica arrodillada mirando a través de ellos hasta el tabernáculo. Esa era yo. De entre todas las personas que vi pasar, uno llamó mi atención. Era un señor de algunos cincuenta años vestido sencillamente con un pantalón de mezclilla y una camisa de manga corta. Recuerdo su rostro cuando ingresó en la capilla, sin hacer señas de reconocer a Cristo en el Santísimo Sacramento y se sentó en una de las bancas delanteras. Su cabeza se echaba hacia atrás, como admirando el techo. Ciertamente aquella capilla era de una belleza que te dejaba sin aliento.

Tras algunos instantes, sacó su cámara y en silencio tomó varias fotos de esta imagen en la pared o aquella y finalmente, como sintiendo que no había nada más que admirar, de forma disimulada salió. Al cruzar la puerta me miró; mis ojos fijos en el sagrario, es que era como un imán que me llamaba a arrodillarme y permanecer en adoración. Me vio y como si trazara una línea, intentaba comprender qué era lo que yo admiraba con tanta seriedad, con una ligera sonrisa en los labios. Giraba su cabeza para observar el sagrario y me miraba de nuevo. Definitivamente no sabía por qué estaba arrodillada ante un “objeto”. Entonces, un pensamiento interrumpió el silencio en mi interior: si conociera a Quién tiene delante. Si supiera que ¡ni todo el oro de la Basílica puede contener al Dios que yace escondido tras la puerta del sagrario! ¡Si fuera capaz de reconocer que no hay lugar más bello, impresionante y maravilloso que aquella discreta caja sobre el altar! Ahí está, su Rey; su Salvador.

La segunda fue cuando vi a dos asiáticos, una pareja de alrededor cuarenta años. Sus cámaras recargadas sobre su pecho, impresionados ante cada detallito del lugar. Ellos, acercándose a la puerta de la capilla llevados por el encanto, miraron hacia atrás como si no quisieran interceptar a alguien que fuera a entrar antes que ellos. En ese momento me vieron. Yo ya estaba culminando el rezo del rosario que llevaba entre mis manos. Me hice la señal de la cruz y justo en aquel momento, de reojo me percaté de que ellos algo confundidos miraron hacia donde yo miraba, el tabernáculo, y aún ellos permaneciendo al exterior de la capilla se hicieron la señal de la cruz como queriendo imitarme. Percibí como si hubieran comprendido que ahí había algo que merecía respeto y no querían faltarlo. Me llenó el corazón de alegría pues reflexioné que son esos seres humanos con un corazón sencillo y humilde; como tierra fértil en que la semilla de la Palabra puede germinar en el día menos esperado.

Después, comprendía para mis adentros lo increíble que es que todo un Dios se mantenga tan discreto, casi escondido, solamente reconocible por dos velas rojas a los lados. ¡Ni en mostrarse en la Eucaristía ha deseado ensalzarse! Él ha preferido que le busquemos y con ello, vive la alegría de ser encontrado. Y es que Dios está frente a nosotros pero nunca de forma evidente, quitándonos con ello nuestra libertad. Su creación lo revela, nuestro cuerpo humano y su maravilloso diseño, nuestra capacidad de amar, de ser empáticos, pero en fin, siempre se mantiene discreto (tal como en el sagrario, manifiesto sólo por las velas rojas a sus lados). Pero quien lo reconoce, ¡no puede evitar alabarlo y detenerse a darle gracias por su amor!

Y finalmente, el sábado de gloria. ¡Qué difícil me pareció la experiencia de ver los altares con el tabernáculo abierto y vacío! Entraba a las iglesias, buscando las velas rojas encendidas solamente para ver que estaban apagadas. De forma que necesitaba al menos arrodillarme para comprender lo que eso significaba. Para nosotros, los católicos la eucaristía es la cima de nuestra fe; es la alegría del Cristo resucitado que cumple su promesa de “estar con nosotros hasta el final”. Sin embargo, hoy no estás entre nosotros, pensaba; aún estás en la tumba. El único pensamiento que pude articular aquel día era: ¡Definitivamente yo no puedo imaginar mi vida sin ti, sin tu presencia en la Eucaristía, sin recibirte!

Quisiera que reflexiones conmigo esto, con lo cual termino: los adornos costosos y las paredes bellísimas, adornadas de forma impresionante… y saber que aún todo ello no llegaría, en su miseria de objeto creado, a sostener la gloria de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la eucaristía. No obstante, habiendo tantos sagrarios tan bellos, limpios y majestuosos, Jesús prefiere nuestro corazón. ¡Qué belleza, que regalo! Que Dios prefiera habitar en el interior de un corazón imperfecto, en ocasiones con polvo en los rincones parece inimaginable. Además, saber que ni los ángeles, que lo alaban sin cesar, pueden consumirte y tú has querido darnos este inmenso regalo. ¿Qué es lo menos que podemos hacer? Adorarte, y exclamar con alegría al mirar hacia nuestro interior ¡Aquí estás Señor!

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