Su última semana Editorial 

Su última semana

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

El Rey que nació en Belén se enfrentó desde pequeño a la persecución ¡recordemos cuando tuvo que huir de Herodes! A pesar de que por años vivió como un humilde carpintero al llegar a sus 30 años todo cambiaría. Comenzó a predicar eligiendo a doce apóstoles. Y gracias a su auto-revelación en las bodas de Cana, cuando su madre María le pidió -inspirada por el Espíritu Santo- que ayudara a unos novios que ya no tenían vino en su fiesta, es entonces que su “hora” comienza.

No todo es fácil. Ciertos lo siguen por conveniencia; le acompañan porque tenían hambre y Él les dio de comer pan y pescados hasta saciarse. Otros por curiosidad; ¿quién es éste que echa demonios y sana a enfermos tales como los leprosos? ¿quién es este hombre que resucita a los muertos como lo hizo con Lázaro? Sin embargo, algunos van tras sus pasos para encontrar de qué acusarlo hasta el día en que es posible exclamar: ¡Sólo Dios puede perdonar los pecados! ¡Se hace igual a Dios! ¡blasfema! Entonces, Jesús vivirá su última semana.

A continuación te invito a repasar, brevemente, los acontecimientos de la semana santa terminando con una reflexión a cada paso. Tómate el tiempo que desees para responder a cada pregunta. Quisiera que por algunos instantes consideres lo que sucedió en aquellos días y cómo lo vivimos hoy.

Domingo de Ramos: Una bella tarde, Jesús montado en un burro entraba a Jerusalén. “Muchas personas extendían sus capas a lo largo del camino, mientras otras lo cubrían con ramas cortadas en el campo. Y tanto los que iban delante como los que seguían a Jesús, gritaban: ‘¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Ahí viene el bendito reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!’. Entró Jesús en Jerusalén y se fue al Templo”(Mc 11, 7-11). Cuando me imagino aquello siento gran alegría ¡qué bello debió ser escuchar aquellas exclamaciones hacia nuestro Señor! ¿Te imaginas caminar entre la gente, ver de cerca el rostro del Salvador? Pero, tan cambiantes y poco confiables como somos, con los mismos labios con que alabamos a Dios criticamos a nuestro prójimo. Y esta no fue la excepción. Muchos de ellos clamarían pronto ¡crucifícale! al procurador de Judea, Poncio Pilato.

Reflexión: ¿Cuántas veces he negado mi fe por vergüenza o miedo? ¿Vivo para Dios solamente en privado?

Jueves Santo: Reunidos en una habitación, sentados a la mesa con el Maestro ¡convivían con Dios mismo! Jesús lleno de un amor inexplicable tomó el pan “y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: ‘Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes’…Hizo lo mismo con la copa después de cenar, diciendo: ‘Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que es derramada por ustedes’. Sepan que la mano del que me traiciona está aquí conmigo sobre la mesa (Lc 22, 19-21). Los Doce reunidos y Jesús al centro. Lo observan en silencio y miran cómo parte el pan y eleva el cáliz para después compartirlos con ellos pidiendo que hicieran esto en memoria suya. ¡Qué regalo más grande fue quedarse en la Eucaristía, el alimento verdadero, e instituir el sacerdocio! Pero también, sentado a su mesa, se encontraba quien lo entregaría por 30 monedas de plata. Aquí un dato interesante que quizás no conocías: ¿Sabías que este mismo precio era lo que se pagaba por un esclavo que moría? En el libro del Éxodo se lee: “Si un buey cornea a un hombre o a una mujer y los mata, será muerto a pedradas…si lo hace a un esclavo o esclava, se pagarán treinta siclos de plata al dueño de ellos…” (Éx 21, 28. 32). Aquella noche, tras acudir a orar el Huerto de los Olivos, la figura de Judas trae consigo la detención de nuestro Señor.

Reflexión: ¿Cuántas veces he vendido a Jesús frente a mis amigos o conocidos comportándome como un extraño a sus consejos y no como su seguidor? ¿Digo que creo pero no se refleja en mis obras? ¿Soy cristiano pero apoyo el aborto, la discriminación o el odio?

Viernes Santo: El Hijo del Altísimo está encadenado, escoltado por soldados como si fuera un malhechor. Es llevado ante Pilato finalmente. Su mirada baja, de su cuerpo emana un silencio perfecto, mientras el procurador romano indica, ante los gritos de la multitud que pide soltar a Barrabás y crucificarlo, que él es inocente de la sangre de este justo. Pero para complacer a la multitud lo manda castigar. Ahí, entre la multitud estás tú. Observas cómo María fija su mirada en el que es su todo; su Hijo y Dios. El cuerpo que con tanto esmero cuidó de raspaduras; que vistió y alimentó con amor, hoy es flagelado sin piedad. A pesar de que se encuentran lejos, Ella lo sostiene y sufre con él con una intensidad desconocida para nuestros niveles de dolor.

Cargando su cruz, te acercas a verlo. Su rostro lleva signos de golpes sin dejar rastros de un poro intacto, su cuerpo la piel rasgada y lacerada mostrando sus huesos en algunos lugares. Sobre el cuerpo, lleva un manto que se adhiere a su figura destrozada manifestando hasta qué punto nos ama. El cabello mojado e impregnado de sangre. Aquella sangre de la nueva Alianza derramada por el perdón de nuestros pecados. Sobre la cabeza, una corona de espinas que le traspasa la piel delicada perforándola. En un breve instante te mira y lo miras. No había resentimiento de su parte, sino un amor desmedido e infinito. Ha sido un instante, pero has presenciado la eternidad. Frente a ti está el Emmanuel: Dios con nosotros.

Llegas al Gólgota y escuchas el sonido del martillo que clava, por amor, al Dios que todo lo ha creado. Que te creó a ti. Lo elevan y lo contemplas. “¡Si el grano de trigo muere da mucho fruto!” (Jn 12, 24) afirmaba quien ahora pende de la cruz. Por ello, cuando nos hace hijos de su Madre Santísima, te asombra pensar que con sus últimos suspiros ha pensado en ti, por quien ha tolerado mortal tormento, concediéndote a quien más amaba. Después, descienden el cuerpo de Jesús colocándolo en los brazos dulces de María. Tus ojos se cruzan con los de Ella. Han sido unos segundos. Lo que experimentaste fue la mirada de una Madre afligida que ya te ama pues ha sufrido también por tu salvación. María te amparará para siempre. Lo colocan con sumo cuidado en la tumba sellándola con una gran piedra. En la Iglesia, este día lo conmemoramos con un Vía Crucis y la Adoración de la Cruz.

Reflexión: ¿Cómo amas a Dios? Jesús dio la vida por ti ¿vivirás para Él? ¿Quién es María para ti? ¿La has aceptado y amado como una Madre, como lo hace Jesús? ¿Qué representa para ti la Cruz? ¿Arrastras la tuya o la llevas teniendo a Jesús por ejemplo?

Sábado Santo o Sábado de Gloria: Hoy Jesús ya no está entre nosotros. Su mirada, su sonrisa, su Palabra son ahora un recuerdo en los corazones de sus discípulos. ¡Qué luto el que vivimos, y qué tristeza impregna el ambiente! ¿Te imaginas vivir siquiera un segundo sin nuestro Salvador y Dios? ¡Vaya dolor debió experimentar la Santísima Virgen! ¡Cuánto duele un segundo sin el Amor entre nosotros! Hoy, en las iglesias las imágenes están cubiertas y los sagrarios abiertos. Por la noche se celebra la Vigilia (significa = anterior a una fiesta) Pascual para celebrar muy pronto la Resurrección de nuestro Señor. Se bendice el agua y se encienden las velas indicando ¡la Resurrección!

Reflexión: ¿Cómo vives esta separación de Cristo? ¿Qué le dirías hoy a Jesús desde lo más profundo de tu ser, mientras perseveras en su llegada victoriosa de la muerte? ¿Asistirás a la vigilia pascual en tu parroquia?

Domingo de Resurreccion o Domingo de Pascua: ¡Celebremos! ¡Qué día de fiesta para los católicos! Jesús ha vencido a la muerte, y con ello, nos ha ganado la vida eterna. Por su muerte tenemos el inmenso regalo de salvarnos, ir al Cielo y vivir en la gloria del Señor. Los ángeles cantan, el infierno tiembla y nosotros alabamos a Dios. ¡Viva Cristo Rey! Jesús vive y reina por los siglos de los siglos. Pero no nos ha dejado solos ¡se ha quedado en la Eucaristía!

Reflexión: ¿Llevas la alegría de saberte amado y salvado todos los días? ¿Agradeces a Jesús su Pasión y Muerte para tenerte junto a Él eternamente feliz en el cielo? ¿Te preparas para regalarle un corazón limpio y lleno de su Cuerpo y Sangre en la Eucaristía?

¡Felicidades! Has llegado hasta el final; has vivido la última semana de Jesús en la Tierra, reflexionando sobre cada momento de ella, como si estuvieras ahí. Y al terminar con el Domingo de Resurrección, te invito a que ése gozo que sentiste lo integres a cada uno de tus días.

Recuerda: Dios no quiere solamente una semana, ¡sino una vida santa!

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