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Viernes Santo de la Pasión del Señor

Hoy, Viernes Santo, es un día de contemplación y meditación de la pasión gloriosa de Cristo. En este día especial, en el que la Iglesia no celebra los sacramentos, nos reunimos reverentes, alrededor de la cruz salvadora de nuestro Redentor.

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Hoy comienza la Pascua de Jesús, es decir, su paso de este mundo al Padre por medio de su muerte, que viene a culminar su vida entregada a Dios y a los hermanos, como dice la segunda lectura, tomada de la Carta a los Hebreos: Llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación para todos los que lo obedecen.

Hoy venimos a afirmar nuestra fe en Jesús, nuestro amor y seguimiento a él hasta la cruz, dándole gracias por todo lo que ha hecho por nosotros, por su entrega sin reservas hasta el extremo, pidiéndole de todo corazón que su amor redentor nos cambie, nos transforme y nos haga vivir su resurrección a todos nosotros y a todo el mundo, para ser, a la vez, solidarios con todos lo que hoy sufren la pasión, el dolor y la muerte de Jesús en nuestra patria y en nuestro mundo.

Ayer, Jueves Santo, este amor del Señor “hasta el extremo” lo celebrábamos en el memorial eucarístico. Esta tarde, lo celebramos en el hecho histórico, sangriento y supremo de la pasión y muerte de Jesús. Fue un viernes antes de la jornada solemnísima de la Pascua de los judíos. “Porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano… Mi siervo justificará a muchos porque cargó con los crímenes de ellos”. Lo hemos escuchado en la profecía de Isaías, en la primera lectura.

Ante la pasión de Jesús no son necesarios muchos discursos. Es la hora de la admiración y la comunión de sentimientos; por lo tanto, hemos de limitarnos a ayudar a contemplar, solidarios con el corazón de María, su Madre, quien, como en Belén, “conservaba todo esto en su corazón”. “Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia”, nos decía el autor de la Carta a los Hebreos.

Vea el Evangelio del día

Jesús clavado en la cruz es “manifestación de Dios”, de “cómo es Dios”. La fidelidad se encuentra en el corazón de la cruz. El misterio de la cruz no se descubre como quien resuelve un problema. La única clave es el amor gratuito hasta el final. “Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua”, signos de su entrega hasta el extremo de su amor por nosotros.

En la cruz cobran pleno sentido las palabras que un día dijo en el atrio del templo: “Si alguno tiene sed, que venga a mí, y que beba. Como dice la Escritura, nacerán ríos de agua viva del interior de los que creen en mí”. Decía eso refiriéndose al espíritu que habrían de recibir los que creerían en él (Jn 7, 37-39).

La fuerza de Jesús durante la pasión se descubre en la Resurrección. La pasión, la muerte y la resurrección de Jesús son diferentes facetas de una vida hecha de fidelidad. La Resurrección no es un premio, sino el estallido de la fidelidad del Padre. En la certeza de la fidelidad del Padre, Jesús ordena a Pedro cuando desenvaina la espada para defenderlo: “Mete la espada en la vaina”. Y le responderá a Pilato con serena fortaleza, aunque prevea la tormenta que se le viene encima: “Yo para eso he nacido y para eso he venido al mundo: para ser testigo de la verdad”. En un vacío total pone su último aliento en las manos del Padre, seguro de su fidelidad.

En adelante, la cruz es el gran misterio sepultado en la humanidad. Con los ojos iluminados por la contemplación de la cruz, nos ponemos frente al mundo para contemplarlo “como quien ve -en él- al invisible” y escuchar la voz que nos llama: “Tengo sed”.

Después de unos momentos de silencio y animados por el Espíritu que brota de la cruz, oraremos por las necesidades de todos los hombres y mujeres nuestros hermanos. Hoy más que nunca, las peticiones de los cristianos no pueden tener límites ni fronteras. Después, veneraremos la cruz. Contemplada con “ojos de resurrección”, se convierte en signo de la fidelidad de Dios en medio del mundo. Y confesaremos la fe del centurión, que es la fe de la Iglesia: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”.

Veneremos, pues, en esta tarde, el árbol santo de la cruz redentora de Cristo y hagamos lo posible por eliminar de este mundo las cruces de la injusticia, del mal, del pecado, de la violencia inhumana y de los sufrimientos que a diario atormentan a nuestros hermanos. Que así sea.

Laus Deo
Alabado sea Dios.

 

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