La verdadera conversión: El ‘sí’ de todos los días Editorial 

La verdadera conversión: El ‘sí’ de todos los días

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

¿Alguna vez has sentido que los esfuerzos que haces por mejorar no han servido de nada? ¿Has experimentado que ante el pecado, tu voluntad es frágil e incontrolable? Pues déjame decirte que no estás solo. En una reciente homilía durante la Santa Misa, el Padre abordó el tema de la conversión. Por cierto, ¿Qué crees que es la conversión?

Al menos yo pensaba que era un paso que, una vez dado, era para siempre. Me imaginaba aquella gente que se convertía del paganismo al cristianismo, y que vivía de esta manera hasta el final. Sin embargo, el sacerdote nos contaba algo completamente diferente.

Recuerdo que expresó: “La conversión son esos “sí” diarios al Señor”. Para mí ¡eso lo cambiaba todo! De alguna forma, comencé a sentir que mi fe ya no era un peso enorme difícil llevar sobre mis hombros. Porque admitámoslo, para nadie es sencillo vivir su fe en un mundo cada vez más secular, lleno de tentaciones y rechazo; en un espacio en que decir la verdad es un acto revolucionario, como lo diría el célebre escritor inglés George Orwell.

Entonces, tras aquella frase que brotaba de los labios del sacerdote, me encontré reflexionando por algunos instantes. ¡Qué cierto! Realmente nadie puede convertirse un día y que eso sea suficiente en el futuro. Tal como todos los días necesitamos agua, comida, dormir, etc. Así también necesitamos convertirnos. Pensaba en los santos. ¿Convertirse ellos? ¡Pero si son casi perfectos! Me pensaba. Siempre sienten amor por la oración, necesidad de Dios, sufren con alegría, todo parece tan realizable para estas personas. No obstante, cuando llegaba un libro de sus vidas a mis manos o los audiolibros de sus historias a mis oídos ¡vaya sorpresa! No eran más que seres humanos como yo. Pecadores, con limitaciones, pero eso sí, decididos a perseverar en el camino que conduce hacia la vida eterna.

De hecho, hay una frase que desde que la leí y la proclamo en cada Rosario, la empleo como jaculatoria de vez en cuando durante la jornada. Es aquella que comienza: “Oh, Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero….”. Bueno, pues al final de esta oración se dice: “…me darás la gracia para enmendarme y perseverar en tu santo servicio hasta el fin de mi vida. Amén”.

Hasta hace unas semanas me percaté de que, cuando realmente meditaba cada palabra de esta oración, me maravillaba en esta corta línea: “perseverar en tu santo servicio hasta el fin de mi vida”. De pronto, ya me encontraba pidiendo dicha gracia en oración íntima con el Señor o como petición en el Santo Rosario. Entonces, cuando el sacerdote durante aquella homilía habló de que la conversión era el “sí” diario a Dios ¡fum! Comprendí de golpe que eso se refería a la línea que tanto enunciaba: perseverar en el servicio a Dios por el resto de mis días.

Con esta breve reflexión, quiero invitarte a que te conviertas. Todos los días. Minuto a minuto. Es un constante “sí”, tal como lo manifestó nuestra Madre. Amar a Dios es dar un giro radical en nuestras existencias: diario, constante, y voluntario.

¡No temas escuchar la voz de Jesús que te llama! Que clama a toda hora por ti. Es una voz que te invita a seguirle, aún en el desierto de la Cuaresma. Justamente, permite que Dios guíe tus pasos al atravesar junto a Él este lugar árido que es el desierto que conduce a nuestra diaria conversión.

Tendrás sed; pero recuerda que Jesús dijo: “…el que beba del agua que yo le daré nunca volverá a tener sed” (Jn 4,14). Puede ser que el hambre te traicione y quieras abandonar al Hijo de Dios, pero con confianza te dirá: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Y mirándote tendido en la arena de aquel lugar inhóspito, se arrodillará junto a ti asegurándote: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed” (Jn 6, 35).

Más tarde en el sendero, seguramente tu cruz pesará más de lo previsto y no podrás llevarla solo. Entonces, Jesús, dirigiendo su dulce mirada extenderá su mano, aquella que no sostiene su propia cruz, para animarte expresándote: “Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga ligera”(Mt 11, 28-30). Y si durante el trayecto recuerdas el calvario que le espera, y con ello te asaltan fuertemente las dudas, el Señor te llevará a la montaña. Y en aquel encuentro de Dios con el hombre, será el resplandor de su Transfiguración lo que te asegurará la gloria que viene después de su Muerte. Ese fulgor divino limpiará tu corazón de toda incertidumbre, remplazándolo con la fe. Y por si fuera poco, te concederá a su propia Madre, la Santísima Virgen María, para que te arrulle y consuele en los momentos en que Él deba apartarse al morir.

Si finalmente todo lo soportas y lo abrazas con amor, te darás cuenta que tu conversión no sucedió exclusivamente al inicio de tu trayecto o hasta el final; sino en cada momento en que sus huellas guiaban tus pasos. Porque seguiste al que es el Camino; porque tu aliento lo entregaste por seguir al que es la Vida; porque le creíste, aún en la incertidumbre, al que es la Verdad.

Hoy, le has dicho “sí” a Dios al tomarte el tiempo de leer este escrito. Te has tomado unos momentos para olvidar el ajetreo del mundo para fijar tu mirada en Él. Que esta Cuaresma la vivamos atravesando el desierto profundamente comprometidos. Y no temeremos, porque quien nos acompaña es el Agua que da vida, el Pan bajado del Cielo, el que da descanso a nuestras almas y quien ilumina la oscuridad con el fulgor de su Transfiguración. Y aunque el sendero nos conduce al Gólgota, caminamos con María esperando su Resurrección.

Y finalmente, recordemos lo que escuchamos al inicio de la Cuaresma, en el Miércoles de Ceniza: arrepiéntete y cree en el Evangelio. Conviértete. No es difícil. ¡Dale tu “sí” al Señor cada día de tu vida, y verás que caminas seguro hacia su bendita Presencia!

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