La medida del hombre Editorial 

La medida del hombre

 

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

Medidas. Cuánto nos gustan las medidas. Las hay para conocer la cantidad de: líquidos, objetos, alturas, distancias, peso, volumen, por mencionar algunas. Admitámoslo; la incertidumbre y el descontrol nos aterran. No obstante, éstas han llegando hasta convertirse en calculaciones dentro del ámbito espiritual.

Un ejemplo de ello, es el de los apóstoles camino a Cafarnaúm con Jesús, quien al llegar a casa les pregunta: “‘¿De qué venían discutiendo por el camino?’ Ellos se quedaron callados, pues habían discutido entre sí sobre quién era el más importante de todos. Entonces se sentó, llamó a los Doce y les dijo: ‘Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos’” (Mc 9, 33-35). Esta es la medida de nuestro Señor para quienes buscan acaparar los lugares más altos, aún en términos del Reino. Y es que el ser humano constantemente averigua la forma de sobresalir; y se ha acostumbrado a ello debido a un mundo que todo lo regula: ¿Quién es el –más- alto, rico, guapo, inteligente, ágil, feliz, apto para…? Sin embargo, ¡qué bella forma de verse confrontados por Jesús! Ya que su respuesta no ha sido: nadie será el primero nunca. Sino simplemente, manifiesta la característica que debe cumplirse para ser considerado el principal: el servicio.

Y esto me lleva a considerar otro bello ejemplo: el del hombre rico. Este joven se sentía entusiasmado por seguir a Dios. Pero ¿Qué tengo qué hacer? Se preguntaba, ¿cuál es la medida suficiente para decir que he cumplido con ello? Seguramente se cuestionó. Entonces dirigiéndose al Maestro, le interrogó sobre lo que debía hacer para conseguir la vida eterna; Jesús le reveló que cumpliendo los mandamientos. Esta medida la he alcanzado, le dice en cierta forma, ¿A caso hay otra? El joven parecería querer saber. Nuestro Señor indica: “‘Si quieres ser perfecto, vende todo lo que posees y reparte el dinero entre los pobres, para que tengas un tesoro en el Cielo. Después ven y sígueme’. Cuando el joven oyó esta respuesta, se marchó triste, porque era un gran terrateniente” (Mt 19, 21-22). En aquel diálogo hubo una pregunta, y por consiguiente, una respuesta. Me gustaría ponerlo en otras palabras como: el joven quería conocer la medida para destacar de aquella que ya cumplía. Jesús por su parte le da otra, tal vez inesperada: vende TODO lo que tienes. ¡Qué radical! ¡Eso no cabe dentro la cantidad que tenía prevista! probablemente pensó el rico, por lo que se marcha desanimado. Sin embargo, no olvidemos que Jesús concluye con una invitación: sígueme. Es decir, lo que perderás lo verás repuesto en un monto infinito; vale la pena. Ven ¡sígueme! Pero en la báscula humana esto es difícil de cuantificar, por lo tanto, solamente unos pocos son capaces de ser sus discípulos.

La medida de Dios puede llegar a ser inverosímil para nuestra balanza humana. En cierto aspecto, nuestro lema es: dame y te daré; te concedo, si rellenas el hueco que has dejado. No obstante, ¡Qué distinto y contrario es el cálculo divino! Si leemos por ejemplo, Romanos 8, 32 nos daremos cuenta de ello: “Si ni siquiera se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a dar con él todo lo demás?”. Dios simplemente no puede ser contenido bajo ningún concepto humano. Pues, ¿Será posible cuantificar el amor del que es el Amor mismo? ¿Podríamos contar todas y cada una de las gracias que recibimos a lo largo de nuestra vida? No lo creo.

Sin embargo, sí existe una característica que deberíamos tomar en cuenta para acceder al Cielo. Jesús, nuestro Salvador nos dijo: “‘Entren por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡que angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que no encuentran’” (Mt 7, 13-14). En lo personal considero lo anterior como si Dios, al ver nuestro afán de medir y cuantificar, se adaptara a ello diciendo: está bien, les diré qué –medida- deben cumplir para salvarse. Ya que seguramente, si hubiera mencionado solamente ‘una puerta’, le habríamos interrogado sobre su tamaño y anchura. Entonces ¡sí que nos aclara las exigencias para ser santos!

“La puerta hacia la perdición es ancha y el camino espacioso”, como si en ello pudiéramos reflexionar acerca del gran –margen- que tendríamos para hacer lo que quisiéramos sin preocuparnos. Lo cual no conduciría a un autoexamen acerca de pecados, vicios, etc. Puedes verlo así: tal como si una persona talla “S” se metiera en un pantalón talla “XXXL”. ¿A caso se preocuparía por cuidar su figura, su salud? ¡No lo creo! Por el contrario, Cristo indicó que “la puerta es angosta y escabroso el camino hacia la salvación”. Ya no habría tanto espacio para vicios y pecados en un cuarto tan pequeño ¿cierto? ¡Ésa es precisamente la medida! Imagínalo de nuevo: para ponernos un pantalón “S” no podríamos darnos el lujo de comer golosinas en exceso; cuidaríamos nuestra ingesta de alimentos de forma sana y adecuada.

Medidas. Cuánto nos gustan las medidas. Después de todo… ¡pueden servirnos para crecer en santidad! Te invito a que reflexiones lo siguiente:

Si la puerta es estrecha y mi egoísmo es alto, tendré que hacerme pequeño; humilde.

Si la puerta es estrecha y mi odio gordo, deberé adelgazarlo hasta la talla del amor.

Si mis manos son cortas, y no me permiten alcanzarla y abrirla, las estiraré hacia el prójimo hasta que se alarguen lo suficiente.

Si mis ojos padecen ceguera y no puedo distinguir que la puerta está frente a mí, abriré los ojos del corazón compadeciéndome de los más necesitados hasta que pueda ver.

Sabes, lo esencial es que nuestra báscula crezca y crezca hasta volverse más profunda. Pues como dijo alguna vez un Doctor de la Iglesia, San Bernardo de Claraval: “El motivo de amar a Dios, es Dios mismo. La medida de amarle, es amarle sin medida”.

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