Tú, mi alfarero Editorial 

Tú, mi alfarero

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

El arte de hacer vasijas u otros objetos de barro cocido: eso es la alfarería. Y la persona que ello se dedica es llamada un alfarero. Sin embargo, Dios también lo es de alguna forma. En Génesis leemos que: “Dios formó al hombre con polvo de la tierra; luego sopló en sus narices un aliento de vida y existió el hombre con aliento y vida” (Gn 2, 7).  Nuestro Creador es un gran artesano que ha hecho cosas bellísimas; el cielo y la tierra y todo lo que en él habita, y por supuesto, al ser humano.

En efecto, ¡Qué obra tan grande e incomparable somos! El hombre es tan bella creación, que hasta nuestro Redentor quiso tomar cuerpo y habitar entre nosotros. No obstante, debido al pecado es como si las fuertes olas nos detuvieran de vivir aferrados a la Roca que es Cristo. Acudimos al Sacramento de la Penitencia, para darnos cuenta de que en menos de una semana hemos vuelto a pecar ¡y suelen ser las mismas faltas! Nos desanimamos, sentimos que no hay esperanza para nuestro caso; mejor rendirse que creer en un imposible. Pero ¿A caso hemos olvidado que Dios jamás se da por vencido con sus creaturas? Su Misericordia no tiene fin, y su paciencia no puede compararse con la nuestra.

Sabes, ¡hasta los santos luchaban contra el pecado! Aunque solemos creer que ellos nacieron haciendo siempre la voluntad de Dios y por eso llegaron a ser sus grandes amigos, puedo asegurarte que cometieron muchas faltas. Pero la clave fue esta: su gran deseo por enmendarse –y perseverar en ello- hasta el fin de sus vidas.

Un gran ejemplo de esto es San Pablo. En su carta a los Romanos, denuncia lo que tú y yo ¡todos! experimentamos a pesar de habernos decidido por vivir en santidad. ¡Por ello te animo a que perseveres! Bien, leamos con atención:

“Por lo tanto, si hago lo que no quiero, eso ya no es obra mía sino del pecado que habita en mí. Ahí me encuentro con una ley: cuando quiero hacer el bien, el mal se me adelanta. En mí el hombre interior se siente muy de acuerdo con la Ley de Dios, pero advierto en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi espíritu, y paso a ser esclavo de esa ley del pecado que está en mis miembros. ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, o de esta muerte?” (Rm, 20-24).

Cuando leí este pasaje por primera vez pensé ¡al fin alguien ha puesto en palabras cómo me sentía! ¡Tanta frustración de no poder avanzar a pesar de quererlo! Entonces me dije, pero ¿Y a hora qué? Y seguí leyendo. San Pablo concluye así: “¡Gracias sean dadas a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor!…”(Rm, 25). Ciertamente, ¡gracias sean dadas a Dios! Pues ha sido Él quien con el precio de su Sangre nos ha salvado. Es justamente la persona de Jesús la que responde a su pregunta anterior: ¿Quién me librará de este cuerpo, o de esta muerte?

Quiero compartir contigo lo que me inspiró a escribir este tema; fue una canción de la hermana Glenda, religiosa de origen chileno. Ella es cantautora de la melodía: “Tú mi alfarero”. Es muy bello lo que expresa, especialmente una frase. La letra dice así:

 

Un día salí yo de tus manos y tuve vida

Un día me aleje de ellas y conocí la muerte

Alfarero tengo nostalgia de tus manos

Ven a reparar tu cacharro

 

Gira que gira rueda que rueda

Siento tus manos sobre mi greda

Me asombra pensar que tú la quieras

Tu cacharro acaba de caerse,

Acaba de quebrarse, acaba de encontrarte

 

Tú, mi alfarero

Toma mi barro y vuelve a empezar de nuevo…

 

Gira que gira rueda que rueda

Siento tus manos sobre mi greda

Me asombra pensar que tú la quieras

Acaso no puedes hacerme de nuevo

Acaso no puedes formarme…

 

Tu cacharro acaba de caerse,

Acaba de quebrarse, acaba de encontrarte

 

Tú mi alfarero, tú mi alfarero

Toma mi barro y vuelve a empezar de nuevo

De nuevo de nuevo, tú mi alfarero

La primera vez que la escuché, y a cada ocasión en que vuelvo a oírla, la frase que me toca profundamente es: me asombra pensar que tú la quieras. Puede sonar exagerado pero a veces siento un nudo en la garganta al llegar esa expresión. Considero cuántas ocasiones he prometido no ceder, por amor a Dios, y tras derrumbarme ¡cuántas me ha vuelto a perdonar! Tal como la escena del hijo pródigo que habiendo convivido con los cerdos y deseando volver a casa se pregunta si su padre lo recibirá en dichas condiciones. El momento llega; se aproxima a casa y el padre corre hacia él, tomándolo en sus brazos y honrándolo con lo mejor. Seguramente aquel hijo de la parábola pensó para sus adentros: me asombra el pensar que aún me quieras. Mientras que el padre, sin articular palabra, con sus gestos le respondía: ¡Sí! ¡Por supuesto que aún te amo! Después de todo, eres mi hijo…

Seguidamente, la canción advierte: tu cacharro acaba de caerse, aquí imagino cada vez que vuelvo a hundirme en el pecado, cuando tambaleo en mis propósitos de conversión; acaba de quebrarse, pienso en cómo las consecuencias de mis faltas actúan en mi corazón (tristeza, rencor, miedo, desánimo….); acaba de encontrarte, ¡he vuelto a confesarme con deseos verdaderos de mejorar! Concluye pidiendo a Jesús: Tú mi alfarero, toma mi barro y vuelve a empezar de nuevo. Así es nuestra vida mientras respiremos: a veces te encuentras arriba y de pronto, caes con fuerza. ¡Pero lo importante es levantarse! Hasta Jesús tropezó en tres ocasiones camino al Calvario.

Tú puedes ser santo si permites que él te renueve; sane tus heridas. Deja que junte cada una de las piezas que caen al suelo cuando te has desmoronado. Llámalo y con confianza pídele que sea el artesano de tu vida.

Y sin desanimarte toma su mano, ponte de pie y dile con fe: toma mi barro y vuelve a empezar de nuevo. ¡Tú, mi alfarero!

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