Todo, por amor a Dios Editorial 

Todo, por amor a Dios

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

La enfermedad ya no le aflige. Los difíciles medios para sanar de un cáncer no le impiden sonreír. Más aún, ambos tumores en su cabeza le brindan una alegría hasta el borde de las lágrimas. Tras el desconcierto de los presentes, Manuel, el pequeño italiano de nueve años contesta que ¡Jesús le ha regalado dos espinas de su corona! Durante cinco largos años convivió con el sufrimiento acompañado de su mejor amigo, Cristo; sin quejas, fiel al rezo del Santo Rosario y alimentándose en ocasiones, solamente de la Eucaristía. Su deseo por salvar almas le consumió hasta el final de sus días, recibiendo la gracia de soportar los más agudos tormentos sin paliativos. Todo, por amor a Dios.

Su muñeca derecha lleva sellada en un tatuaje la imagen de la Cruz en su mayoría de color azul. Los cristianos “coptos” –de Egipto- no tienen miedo a morir por Cristo. En ella, recuerdan a la Santísima Trinidad y a los doce apóstoles que divulgaron el Evangelio. Tal ambiente de guerra y persecución los ha hecho conscientes de una realidad: la muerte. La puerta hacia una vida eterna. Y a pesar de que nadie sabe cuánto vivirá, ni qué día será su último, -tal vez al acudir por el pan, al asistir a la Misa, al caminar por la calle en un día cualquiera-, aman a su Salvador. Las amenazas y las torturas no los aterran, pues en su corazón está sellada la Palabra de Dios que dice: “No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno” (Mt 10, 28). Nada los detiene, ni lo hará. Todo, por amor a Dios.

Vivía inmerso en la promiscuidad, en la droga, en el amor al dinero y muy, muy alejado de Dios. Nada le importaba, de hecho, llegó hasta desear la muerte considerando el suicidio. ¿Para qué vivir? Su existencia se reducía a abusos, ser utilizado por los demás y utilizarlos a ellos, una casi inexistente autoestima. Sus palabras fueron: simplemente no conocía lo que era el amor. Amar y ser amado. Fueron las palabras y el cariño recibido por parte de un misionero lo que derrumbaron la insensibilidad que invadía su corazón. Dios te ama. ¿A mí? ¿Quién es Él? Decidido a dejar la vida de vicios para siempre, se dio una nueva oportunidad. Hoy, rescata a personas como él de la calle, la prostitución y las drogas. Pero sobre todo, les habla de un Padre que los ama y un Redentor que se entregó por ellos. El dinero y su egoísmo dejaron de ser el amo al que servía. Todo, por amor a Dios.

No le importaba destrozar a los fetos en el vientre materno. Después de todo, ellas querían abortarlos. ¿Por qué iba él a oponerse? Era doctor, sí, pero finalmente le pagaban por hacer este trabajo, y eso ya era suficiente. ¿Conciencia que le reprochara aquello? No realmente. Sin embargo, una dulce mujer intervendría por los no nacidos.  En una viaje a México, acudió a la Basílica de Guadalupe. Un suceso cambió completamente su existencia. Al estar en oración, oyó una voz que le decía en su interior ¿por qué me haces daño? Fue clara, suave y femenina. Tras unos instantes comprendió lo que esto significaba; su corazón parecía haber sufrido un trasplante. Ya no quiero seguir haciendo esto, afirmó. Y así fue. Hoy es un médico pro-vida, lleno de amor por su Madre María, quien lo acerca a su amado Hijo. Él, a su vez comparte ése amor con otros. No le importaron las burlas y críticas que atravesó por no seguir al mundo. Todo, por amor a Dios.

Creció como un musulmán pues toda su familia lo había sido por generaciones. Él creía que esto era lo correcto y lo único. Un día, un amigo cristiano suyo, entre debates de amigos, le sembró la duda sobre la ausencia de milagros de parte de Mahoma, y su muerte sin una resurrección. Decidido a derrotarlo con argumentos se puso a estudiar la Biblia, y como una gran sorpresa: la leyó de principio a fin. Tenía hambre y sed de ese Jesús que curaba enfermos, resucitaba a los muertos y amaba a sus enemigos. A escondidas de su familia siguió estudiando la Biblia hasta que su deseo era uno solo: bautizarse como cristiano. Sin embargo, dejar el Islam está penalizado con la muerte. No le importó a pesar de que, al enterarse su familia, lo desterrara amenazándolo con asesinarlo sin importar los lazos. Todo lo perdió, pero ese día supo que era como el hombre que, en el campo, había encontrado un tesoro. Se refugió en el exilio sin mirar atrás. Todo, por amor a Dios.

Estas son cinco historias que he leído y escuchado en distintos momentos, en un periodo de hasta hace un par de años. Personas distintas, de países y circunstancias diversas pero conectadas de una forma especial: haber encontrado el verdadero sentido de su existir. Nunca es tarde, ni demasiado pronto para ello; simplemente, sucede en la hora perfecta para él, ella o ellos. Hay quienes llevan vidas difíciles para después aliviarlas con el bálsamo que es el amor del Señor. Hay otros que lo tienen todo, y Dios los ayuda a vaciarse de sí mismos.

A qué quiero llegar con esto. Precisamente al significado del título de este escrito: Todo, por amor a Dios. Te invito a que hagas una breve pausa y leas con atención la corta frase: Todo, por amor a Dios. Todo… ¿qué? ¡Exacto! ¿Te ha sucedido que consideras a ciertas personas demasiado devotas porque rezan el Rosario o se persignan frecuentemente o simplemente por ir a Misa sin faltar los domingos? ¿Alguna vez has dejado de hacer algo o decir algo enfrente de amigos o conocidos por temor a dar una imagen excesivamente piadosa? Eso es para los santos, los sacerdotes, los religiosos, dicen algunos. Sin embargo, ¿A caso existen ‘niveles’ de cristianismo tales como: fervoroso, tibio y normal descrito por Jesús? No.

Él fue muy claro: “El que no está conmigo está contra mí” (Mt 12, 30). Y pongamos especial atención a este pasaje:

“Jesús le contestó: ‘El primer mandamiento es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es un único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas’” (Mc 12, 29-30).

Cumplir con eso precisamente daría la impresión de que somos parte de alguna orden monástica o apostolado fervoroso dentro de la Iglesia. No obstante, ¡eso es lo que deberíamos ser tú y yo dentro y fuera del Templo, de vacaciones o en el trabajo, en soledad o con los amigos! Es que amar a Jesús es seguirlo, y acompañarlo, consiste en escucharlo para poder así cumplir su Palabra. De manera que tu sufrimiento o tu felicidad, tu abundancia o necesidad,  todo lo abrazas, lo aceptas y lo ofreces por amor a Dios.  

De hecho, el santo italiano San Buenaventura decía: “Una vez quise dedicarme al oficio más humillante del mundo y colocarme en el ultimo puesto que existía. Y me puse a pensar que ese oficio más humillante y ése ultimo puesto tenía que ser el lavarle los pies a Judas. Pero no pude colocarme allí en ese puesto tan último, ni dedicarme a ese oficio tan humillante, porque allí estaba Jesús lavándole los pies al traidor. Y me dije: ¿podré rechazar algún oficio o algún cargo por muy humilde y humillante que sea, si Jesús no rechazó el último puesto del mundo y el oficio más humillante que ha existido? Y ¿qué haremos nosotros los que deseamos ser buenos seguidores de Jesús?”. Piénsalo.

Y con gran ánimo, anhelaré que te decidas por el camino estrecho; por servir al Hombre que “siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz” (Fil 2, 6-8).

Jesús lo hizo por amor a ti, sin esperar nada a cambio. Ojalá puedas tú realizarlo todo, por amor a Dios. ¡Ánimo!

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