Alégrate, María Editorial 

Alégrate, María

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

A veces pienso que no puedo explicar cuánto amo a mi madre. El lazo es tan fuerte que las palabras son frágiles para describirlo. Tal vez seas alguien que, como yo, una vez que ha conocido el rostro de la pureza y la humildad reunidas, no ha podido ya separarse de éste. Me atrevo a decir con toda franqueza y seguridad que, en ninguna otra mujer se percibe a una hija, a una madre y a una esposa fusionadas con tal perfección. Mi madre; tú madre y la de tantos, amados por su Hijo, es una Reina. Es, María.

María es Hija del Padre; Madre del Hijo; Esposa del Espíritu Santo. ¡Qué obsequio le concedió la Santísima Trinidad! Y no olvidemos que María no sólo es la Théotokos (Madre de Dios), sino ¡Madre nuestra también! A pesar de que para algunos no sea de esta forma. Éstos últimos -quienes no se sienten sus hijos- es a quienes me encantaría poder llevarles el siguiente mensaje: si amas a Jesús pero dejas de lado a su Madre ¿qué crees que Él te diría? Pongámoslo de esta manera: crees que Jesús es tu Salvador, ¿cierto? Y crees que es un Hombre bueno… ¿Cómo tratan los hombres buenos a sus madres? ¿Las aman o las desprecian? Las aman, por supuesto. ¿Por qué no amar a María como Jesús, a quien tu amas y quieres imitar, ha hecho?

Quiero explicarte algo más; un detalle que probablemente haya pasado desapercibido para algunos. Vayamos al libro del Génesis. El contexto es el siguiente: Eva ha caído en la trampa de la serpiente, y con ella Adán. Ambos se saben culpables, y la serpiente piensa que ha logrado su cometido: alejar al hombre de su Creador. Sin embargo Dios siempre busca la manera de reconciliarnos con Él. De forma que, dirigiéndose al reptil, le dice: Haré que haya enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te pisará la cabeza mientras tú herirás su talón” (Gen 3, 15).

Ahora, pasemos al Nuevo Testamento. Específicamente al Evangelio de San Juan capítulo 19, versículos 26 al 30. Aquí, la Escritura nos muestra el momento exacto en que esto ocurre, es decir, el momento en que nos volvemos hijos espirituales de María. Dice así:

“Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Después dijo al discípulo: ’Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, dijo: ‘Tengo sed’….Jesús probó el vino y dijo: ‘Todo está cumplido’. Después inclinó la cabeza y entregó el espíritu” (Jn 19, 26-30).

Pongamos todo en contexto: Jesús estaba crucificado, y bien sabemos que quienes se encontraban en dicho martirio morían de asfixia. Cada aliento utilizado en hablar era acercarse a la muerte rápidamente. Pero nuestro Señor sabía que esto era de suma importancia: “…dijo a la Madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Después dijo al discípulo: ’Ahí tienes a tu madre’”. Y finalmente: todo está cumplido. ¿Qué exactamente se cumplía? Recordemos el Génesis; la enemistad entre la serpiente y la mujer y sus respectivas descendencias. El signo es ser hijo de la Mujer, y con razón se nos revela en el versículo  27 que “desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”. Por consiguiente, en la persona de Juan hemos pasado a ser descendencia suya.

Un dato de gran relevancia es que en el original griego se lee: ‘Eis ta idia’. La palabra ‘idios’ significa: privado, de uno. Notemos que está, no en singular, sino ¡en plural! Por lo que su traducción correcta sería: “ellos la tomaron como posesión de ellos” o “para sí”. Y si trasladamos esto al Pentecostés, ¿quiénes se encuentran reunidos en el Cenáculo? Los Apóstoles con María. En otras palabras: los Apóstoles acogieron a María tal como fue el mandato del Señor -a quien siguieron y amaron- y a través de ellos, se ve reflejada la Iglesia entera. ¡Ya no queda duda ni excusa para no aceptar a María por Madre! Todo es muy claro.

¡Yo amo a María!, pues ¿quién no ama a su madre? Si tanto afecto profesamos por quien nos ha dado la vida en la carne, ¿acaso no amaremos a quien nos ha dado a luz espiritualmente? Quiero compartir contigo el saludo más hermoso hecho a una creatura; la oración repleta de amor que nos colma de fortaleza frente a las asechanzas del Enemigo: el Ave María, desde un ángulo más profundo. Y con esto termino.

¡Alégrate, María! por que no solamente eres una mujer especial, sino sobre todo porque posees un título exclusivo y digno de ti: ¡eres llena de gracia!

¡El Señor es contigo! pues la presencia de Dios rebosa en tu ser. A donde quiera que vas, tal como un vaso relleno hasta los bordes, desprendes al Espíritu Santo, quien inspira a tu querida prima, santa Isabel, a exclamar con razón: ¡Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre! Jesús, el nombre del Salvador; el nombre que, junto al tuyo, hace estremecer hasta los demonios más perversos.

Oh, Santa María, quien de todos los honores has recibido el más excelso que una creatura pudiera desear: Madre de Dios, la Théotokos. Tu humildad perfecta te ha destacado ante los ojos del Creador, pues eres también la Reina que, constantemente nos aproxima a su Hijo, el máximo Rey.

Ruega por nosotros, los pecadores, y en especial los que menos merecemos la misericordia de Dios por todas y cada una de nuestras faltas. Concédenos la gracia de un arrepentimiento sincero. Ruega por ello Madre nuestra; ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. ¡Amén!

Related posts

Leave a Comment