Dios merece ser amado Editorial 

Dios merece ser amado

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

¡Dios te ama! Y vaya que decir infinitamente quedaría corto. Él lo ha dado todo, pues considera lo siguiente: Dios es todas las virtudes a su máxima potencia; es la perfección misma. Lo cual me llena de alegría, ya que es de suma importancia saber que existe Alguien que nos ama con locura y que, para demostrarlo, no ha escatimado en absolutamente nada. Sin embargo, poco se habla de devolverle cada gota de amor que brota de Él hacia sus creaturas. Créeme, aunque nuestra vida entera fueran obras de caridad, oraciones y penitencias, nos haría falta toda la eternidad para corresponder hasta la más mínima muestra de su afecto. Pero eso no es razón alguna para no intentar siquiera hacerle saber que significa mucho, incluso TODO en nuestras vidas. Entonces te pregunto, ¿Amas a Dios como merece ser amado?

San Alfonso María de Ligorio, Obispo y Doctor de la Iglesia, en Práctica del amor a Jesucristo, uno de sus célebres y hermosísimos libros, escribió:

“En verdad que Cristo es muy hábil en inventar medios para demostrarnos cuán grande amor siente por nosotros, y para inclinarnos y atraernos a amarlo con todo el corazón. Le habría bastado un simple acto de su voluntad para obtener del Padre la redención de nuestros pecados. Pero quiso salvarnos a base de detalladísimos medios que nos demostraran su inmenso amor. Nace como el más pobre de los pobres en una pesebrera, en la cueva de Belén. Gana el pan con el sudor de su frente en un humilde taller de Nazaret. Predica de pueblo en pueblo sus mensajes de salvación, entre incomprensiones y privaciones. Sufre angustia hasta sudar sangre, en el Huerto de Getsemaní. Es abofeteado e insultado en el palacio de Caifás, y luego en el pretorio de Pilatos es salvajemente azotado hasta dejarlo destrozado. Acepta que lo coronen de espinas y lo vistan de manto de burlas y que Herodes lo pasee por las calles vestido de loco y se burle de Él.

Condenado a muerte injustamente, acepta que Barrabás sea preferido a Él, y portando su propia cruz va subiendo fatigosamente a la cima del Calvario, tan débil que es necesario llamar al Cireneo a que le ayude a llevar la cruz. Es despojado brutalmente de sus vestiduras y le dan a beber hiel y vinagre. Sus manos son atravesadas por duros clavos que le producen dolores inenarrables, y sus pies quedan cocidos al madero por un clavo inmenso que le proporciona un martirio atroz. Tres horas de agonía muriéndose de sed y hasta teniendo que exclamar: ‘¿Dios mío, por qué me has abandonado?’ ¿Merece o no merece que lo amemos con toda el alma, un Redentor que nos ha amado hasta el extremo de sufrir por nuestra salvación tantas atrocidades?” (pg. 49,50).

Detengámonos un poco en la última pregunta que San Alfonso lanza para dejarnos pensando: ¿Merece o no merece que lo amemos con toda el alma, un Redentor que nos ha amado hasta el extremo de sufrir por nuestra salvación tantas atrocidades? La palabra ‘merece’ nos llevaría a afirmar sin dudas: ¡claro que Dios merece TODO nuestro amor, penas y sufrimientos para declararle nuestra devoción! De manera que le das a Dios lo que merece en tu vida diaria ¿cierto? ¿le has entregado todo lo que tienes, aunque sea nada en comparación a lo que te procura?…

Ciertamente, muy difícilmente nos preocupamos en recordar que Dios merece ser amado. Pero si te has animado a corresponderle y no sabes ni por dónde empezar, no te desesperes. Tampoco te aterre la idea de poseer tan poco como para ofrecérselo al buen Dios. Tal vez no sabías que Santa Teresa de Jesús oyó en uno de sus éxtasis que Nuestro Señor le decía: “¿Sabes qué es amarme de verdad? Considerar como falso y equivocado todo aquello que no me es agradable a Mí”. ¡Con qué sencillez nos muestra el camino hacia la santidad! ¿Y quién mejor que su propia Madre para aconsejarnos? Tal como lo expresaron sus últimas palabras en el Evangelio de Juan: “Hagan lo que él les diga” (Jn 2, 5).

Definitivamente Dios merece ser amado, pero alto aquí. Dios merece ser amado, sí, pero ¡no con la definición que hoy le hemos adjudicado a esta palabra! El amor NO es un sentimiento pasajero, intercambiable con la primera persona que conozcas durante una noche o tras algunas palabras. Tampoco es amor lo que emerge durante un tiempo determinado con fecha de caducidad según las circunstancias. Como lo dijo San Pablo en su primera Carta a los Corintios: “El amor nunca pasará” ( 1 Cor 13, 8).

Justamente, incontables santos de la Iglesia nos han dado pistas para encontrar este bellísimo camino que requiere toda nuestra vida. Por ejemplo, San Gregorio enseñaba que todos podemos ser mártires sin derramar sangre. ¡Qué interesante! Pero ¿entonces cómo? Bueno, si aceptamos con paciencia los sufrimientos que nos lleguen y los ofrecemos a Dios por la conversión de los pecadores o por alguna gracia que nos haga falta para enmendarnos. 

San Buenaventura, otro gran santo de la Iglesia, afirmaba que para santificar nuestra alma no había nada mejor que meditar en la Pasión de Cristo, llegando a aconsejar que quien deseara progresar en amor a Dios, no dejara de meditar en su Pasión y Muerte. Por cierto, éste santo tiene una anécdota interesante. De hecho su nombre era Juan, pero se cuenta que cuando era un bebé se enfermó y se puso muy grave, por lo que su madre lo llevó con San Francisco. Éste, lo colocó cerca de su corazón y exclamó: ¡Buena ventura! Es decir, ¡buena suerte, buen éxito! Y el pequeño sanó. Entonces, al crecer y en agradecimiento a quien lo había curado, se hizo franciscano. Y llegó a ser nombrado ¡hasta cardenal! Sin embargo, su humildad nunca desapareció. Por lo que haríamos bien de seguir su consejo.

Dios merece ser amado. Y cuando nuestra debilitada naturaleza nos lleve a pensar lo contrario, no dudemos ni un segundo en recordar su Pasión. Tomo algunas palabras de San Alfonso de Ligorio sobre Jesús: “…Es abofeteado e insultado en el palacio de Caifás, y luego en el pretorio de Pilatos es salvajemente azotado hasta dejarlo destrozado. Acepta que lo coronen de espinas y lo vistan de manto de burlas y que Herodes lo pasee por las calles vestido de loco y se burle de Él”.  

Que todo cuanto hagas no tenga otro fin mas que agradarle: ése es el secreto hacia amar a quien merece ser amado, adorado, servido y escuchado. Pues quienes obran así, estarán dando pasos de gigante en el sendero de la santidad, teniendo como punto de referencia a Jesús crucificado, y hoy resucitado llamándonos, atrayéndonos hacia Sí. Este debe ser nuestro verdadero afán y gran deseo.

Sabes, no hay mejor forma de llegar a Dios que con una oración hecha con sinceridad. Y cuando te falten palabras o ánimos, prueba la siguiente jaculatoria recomendada por San Alfonso:

“Corazón de Jesús: concédeme la gracia de amarte siempre y mucho.

Oh María, Reina mía: alcánzame del Señor la gracia de amar a Jesús como lo has amado Tú”.

Y… ¿Cómo sabré que he logrado amar a Dios como tanto merece, aún en mi pequeña forma de hacerlo? ¡oh, querida alma, esmérate en alcanzar dicho instante! Porque cuando hayas llegado, comprenderás que tu vida misma en sus silencios, refleja lo que vives en tu interior: cada acto de caridad, cada sonrisa. Te invadirá una sed por las cosas eternas; esta sed que solamente se sacia compartiéndola con los demás.

Porque tú ya disfrutarás del gran tesoro que para muchos es desconocido, y no podrás hacer más que gritarlo a quien quiera oírlo: ¡Somos amados por un Dios que merece ser amado!

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