Éste es mi regalo Editorial 

Éste es mi regalo

 

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

Señor, tanto me has dado ¡y cuántos más deseos de recibir hay en mi corazón!

Perdóname, porque no he prestado atención al brillo de la luna en cada noche estrellada que me das; disculpa que no me detenga a escuchar el canto de las aves con mayor admiración.

Absuelve Señor, mis faltas hacia el prójimo, a quien en ocasiones es más cómodo ignorar. Como sucedió con el hombre rico de tu parábola, quien consternado por su propio bienestar y abundancia se olvidó del pobre hombre a su puerta; Lázaro.

Reconozco que constantemente elevo mi plegaria para pedirte alguna gracia Jesús mío, pero ¿me he tomado igual tiempo para agradecerte? Me temo que no. Sin embargo, este año quiero que sea distinto.

Por amor a Ti, suavizaré mi alma, como tierra húmeda que es fértil y fácil de arar. Y me cuestionaré con mayor frecuencia ¿Qué voy a regalarle a mi Señor? ¿Cómo agradaré mejor a Dios?

Sabes, el pensar en obsequiar un regalo crea en mi interior un ligero dolor al considerar ese desprendimiento que se requiere, y al mismo tiempo, una entrega alegre al otro. Y es que se nos ha enseñado a elegir adecuadamente el presente, tomando en cuenta para quién es y la circunstancia debida. Pero ¿cómo decidir la ofrenda que se dará al Rey de todo lo creado y a nuestro Salvador?

¿A caso todo el oro del mundo sería suficiente, o el incienso delicadamente envuelto, o la mirra con su delicado aroma? No lo creo. Pero ¿por qué entonces fueron los reyes de Oriente a presentar ante Ti tales cosas? Pensándolo bien, la razón debe situarse en que Tú no cuentas cuánto o qué damos, sino cómo lo entregamos. De hecho, san Pablo en su Carta a los Romanos ya escribía: “¡Qué profunda es la riqueza, la sabiduría y la ciencia de Dios! ¿Cómo indagar sus decisiones o reconocer sus caminos? ¿Quién entró jamás en los pensamientos del Señor? ¿A quién llamó para que fuera su consejero? ¿Quién le dio primero, para que Dios tenga que devolvérselo? Todo viene de él, por él acontece y volverá a él. A él sea la gloria por siempre. ¡Amén!” (Rom 11, 33-36).

¡Qué bueno eres Señor! Pues ante innombrables ofensas cometidas hacia Ti, aún nos concedes tantas gracias a las almas que no lo merecemos. De manera que lo único que podría agradarte es un corazón que desee y vele por asemejarse al tuyo: “…y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso” (Mt 11,29). Entonces, quiero que ése sea mi regalo para Ti, mi Dios.

Desearía ser aunque fuera una pequeña rama de la vid, pues Tú dijiste: “Yo soy la vid verdadera…Una rama no puede producir fruto por sí misma si no permanece unida a la vid; tampoco ustedes pueden producir fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes las ramas. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto…” (Jn 15, 1.4-5).

¡Eso quiero Dios mío! Y gracias, nuevamente ¡gracias! por todo lo que me has concedido a lo largo de mi vida, y por todo lo que preparas para mí.

¡Quiero amarte tanto! que no pueda distinguir en dónde comienzas Tú y en donde termino yo. A decir verdad, consciente de mi pequeñez me conformaría con ser el suelo en donde se posaran tus benditos pies, porque como dijo Juan el Bautista: “Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias, aunque fuera arrodillándome ante él” (Mc 1, 7); acción que era delegada a los esclavos.

¡Imaginar que Juan se sabía poco digno de colocarse en el lugar siquiera de un esclavo! Y saber que Tú, Todopoderoso, quisiste ser humillado y traspasado por amor. Oh Dios mío, me cuesta mucho entenderlo; comprender este Amor que tienes por tus criaturas. Por ello, me contentaré con darte todo de lo poco que tengo, pues vuelvo a recordar que Tú no cuentas cuánto o qué damos, sino cómo lo entregamos.

Entonces, sábelo mi Señor, que todo te doy con inmensa ternura y devoción. Sí.

Éste es mi regalo.

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