A la espera del Rey que nacerá en un pesebre Editorial 

A la espera del Rey que nacerá en un pesebre

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

Todos hemos tenido que esperar algo, o a alguien, alguna vez. En ocasiones, fuimos pacientes y alegres. En otras, actuamos con desesperación y algo irritados por la larga demora. Verdaderamente, todo depende de la disposición interior que tengamos y el valor que le otorguemos a aquello por lo que se aguarda. Pues no es lo mismo detenerse 1 hora haciendo fila para pagar un par de camisas – que podría considerarse tiempo perdido-, en comparación a ¡prepararnos 4 semanas para la venida de nuestro Rey y Salvador!

Efectivamente, este domingo 03 de diciembre, comenzará la espera de un acontecimiento maravilloso y único. Y es motivo de alegría y regocijo para nuestros corazones, pues ¡del mismísimo Cielo descenderá para encarnarse en una Virgen, el Hijo de Dios! Quien no solamente se complacía con amarnos infinitamente, sino que tal fue su deseo de poner su morada entre los hombres, que no dudó en volverse el Emmanuel: Dios-con-nosotros (Is 7,14).

A este tiempo se le llama de Adviento, que proviene del latín: “adventum”, traduciéndose como “venida”. Ciertamente, aguardamos ¡la venida del Señor! ¿Sabías que el color litúrgico de este tiempo es el morado? Ya que éste significa penitencia. Entonces, podemos afirmar que el adviento es un tiempo de disposición interior, el momento en que la demora es alimentada por la esperanza y un arrepentimiento sincero de nuestros pecados para la llegada del Señor.

Sabes, la espera es dulce cuando reconocemos lo incalculable que se recibe por ser pacientes. Tal como un niño es capaz de comerse las verduras y esperar a después de comer con buena cara para recibir su dulce favorito, así nosotros dispondremos nuestros corazones en un mundo ajetreado y falto de paz, para recibir dignamente en nuestro interior a Dios que nos visita y quiere habitar para siempre en el sencillo y humilde espacio de un corazón arrepentido.

¿Acaso no limpiarías cada rincón de tu hogar si a tu casa acudiera el rey o el presidente? ¿No te desharías de lo viejo y roto, para reemplazarlo por adornos nuevos y dignos de tal presencia? Si esto hacemos por una persona como nosotros, con defectos y fallas que no busca más que venir una sola vez… ¿por qué no irradiar un brillo nuevo y una fragancia delicada acudiendo al sacramento de la Reconciliación para un Rey que sufrió lo insufrible por amor a ti? ¿Por qué no alimentar nuestra vida de oración con María, para recibirlo y arroparlo en el único pesebre en que Él quiere dormir, que es tu interior?

Y es que el presidente podrá bañarte con regalos de oro y plata, lujos y títulos. Autos con tecnología de punta y una vida acomodada. Pero ¿podrá acaso darle paz a tu corazón ante las adversidades cotidianas? O más aún ¿podría asegurarte que nunca traicionará, por intereses propios, su amistad contigo? No lo creo, ya que nuestra naturaleza está manchada por el pecado. Sabes, tanto busca Dios nuestro bien que nos aconsejó diciendo: “¡Maldito el hombre que confía en otro hombre, que busca su apoyo en un mortal, y que aparta su corazón de Yavé!” (Jer 17,5). Es decir, no está mal confiar en otro ser humano, sino en poner nuestra absoluta confianza y fe en un ser imperfecto y no en Dios.

Por otro lado, el Rey de reyes se dirige directamente a ti para decirte: “No junten tesoros y reservas aquí en la tierra, donde la polilla y el óxido hacen estragos, y donde los ladrones rompen el muro y roban” (Mt 6, 19).  Jesús no busca más que concederte una sola cosa: la felicidad verdadera y eterna a su lado. Mira lo que te dice con gran afecto: “Con amor eterno te he amado, por eso prolongaré mi cariño hacia ti” (Jer 31, 3).

¡Ah! cómo no comenzar los preparativos con gozo para darle cabida en nuestras vidas a nuestro Señor que siempre ¡SIEMPRE! Quiere estar contigo y habitar en tu interior, como sucede cada vez que lo recibes en la Eucaristía.

Te invito a que reflexiones sobre estas bellísimas palabras del Papa emérito Benedicto XVI en su Homilía de Noche Buena del año 2005:

“Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso para que podamos amarlo. Dios es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, se nos comunique y continúe actuando a través de nosotros. Esto es la Navidad”.

Así es. Dios es TAN GRANDE que puede hacerse pequeño, y nacer en un pesebre en una ciudad pequeña llamada Belén. Pero sabes, con Dios nada es coincidencia.

He aquí algo que te va a dejar asombrado: ¿Sabías que ‘Belén’ en hebreo significa “casa del pan”? Ahora, recordemos que Cristo nació en un pesebre: el recipiente en donde los animales del establo comen, y que, durante su vida pública afirmó: “Yo soy el pan de vidaYo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo” (Jn 6, 48.51). Precisamente así lo ha hecho, pues en cada Santa Misa se nos da en su Cuerpo y Sangre. ¡Sorprendente!

Y es que Dios es TAN GRANDE que se ha convertido en nuestro alimento. TAN HUMILDE que se ha hecho hombre. TAN SUBLIME que sufrió y murió en silencio por nosotros. Y te AMA TANTO que vendrá a habitar en tu frágil corazón si se lo permites.

Con Dios no hay medida, Él se entrega todo. Por ello, en este tiempo de Adviento ¡entrégale todo de ti! Para que tus buenas obras y sencillez, sean la paja en que pueda descansar el Rey del Universo.

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