Testimonio de mi encuentro con el Papa Francisco Editorial 

Testimonio de mi encuentro con el Papa Francisco

 

Por Carlos Eduardo Manrique B. | Colaborador Editorial.

Desde que era niño tuve la ilusión de conocer al Vicario de Cristo, recuerdo por aquellos años la honda emoción que sentí al ver la transmisión de las dos últimas visitas de San Juan Pablo II a México. Por aquellos años vivía en Fundación, el pueblo donde tuve el privilegio de crecer y donde permanecí durante varios años luego del asesinato de mi padre y hasta un poco después que un grupo de Paramilitares decidieran quitarnos todo en el año 2000 después de secuestrar y asesinar a nuestro socio. Sin embargo, aquella realidad dolorosa no tuvo la fuerza para detenerme en mi empeño de servir a Dios; eran también los años en que por ventura de la providencia ingresé a  los Zagales amigonianos de la Sagrada Familia, allí realizábamos una labor pastoral acorde a los diez años que por entonces tenía, pero que llenaba mi corazón de un gozo tan grande, que hoy día evoco tales momentos con gran emoción y alegría.

Posiblemente el anhelo de conocer al Santo Padre comenzó cuando escuchaba a la profesora Elvia Bolaño, abnegada creyente de las convicciones del desarrollo social a partir de la fuerza del trabajo y el sentido de pertenencia ciudadana. Ella interrumpía ocasionalmente las clases para referirnos a 30 niños del Colegio Niño Jesús, la paz que sintió su corazón al ver pasar por unos instantes a San Juan Pablo II por su lado durante su visita a Cartagena. También, conocí de cerca algunos testimonios de personas que decidieron cambiar su vida a partir del encuentro con el santo Padre, no por la persona del Papa sino por abrir el corazón al mensaje de aquel a quien él representa.

Cuando supe que el Papa Francisco venía para Colombia, empecé inmediatamente el camino para poder acercarme, no solamente comprando los pasajes al día siguiente con seis meses de anticipación, sino y sobretodo doblando rodillas ante el Santísimo Sacramento, pidiendo con Amor durante el Santo Rosario y haciendo devotamente los Siete Domingos a San José. Preparándome en oración, como creo y sugiero respetuosamente deben abonarse todos los caminos y proyectos que vayan a enfrentarse en la vida.  Con tal ilusión espere lleno de paciencia durante todos esos días antes de la fecha de su viaje, pidiendo sin tregua al Señor la bendición de ese encuentro y que tal regalo me concediera un corazón más dispuesto y dócil para Amar y seguir con alegría la Santa Voluntad de Dios.

Los días previos a mi viaje a Bogotá, debía encontrar la ropa adecuada que el protocolo exigía para recibir al Papa Francisco en el Aeropuerto militar de CATAM, en este particular tuvo parte fundamental la Señora Melva Hernández a  cuyo almacén llegue una tarde lluviosa, esperando volver allí no solo con el corazón lleno de gratitud, sino también con la bendición del Sumo Pontífice. Llegué junto a varios periodistas con casi diez horas de anticipación. Inmarcesible fue la experiencia de ver tantas personas que llegaban a aquella cita con diferentes historias, pero atraídas por el mensaje de un hombre que siembra la semilla de Cristo por el mundo.

Aquella tarde pude verlo antes que bajara del avión y empezara su camino pastoral en nuestro país. Luego de 9 horas de espera, conversaciones con algunos amigos obispos, periodistas, empresarios y con el Presidente de La República, llegué a  casa de una comunidad religiosa que decidió acogerme durante esos días, conservaba todavía  la alegría de haber visto al Santo Padre, cuando caí en cuenta que había llevado a mi viaje un par de zapatos muy parecidos, pero de diferente modelo, algo que por supuesto no iba a detener mis pasos ni la voluntad de hablar con él.

Despertaba en la madrugada y luego de visitar el Santísimo en la capilla de la casa donde pasé los días de la visita, caminaba algunas cuadras hasta La Nunciatura Apostólica que es el lugar donde el Santo Padre pasó sus noches durante la visita a Colombia. Desde temprano había centenares de personas en las calles cercanas, todos esperando una bendición, un saludo o al menos una mirada del representante de Cristo en la tierra. En mi primer día frente a la Nunciatura pude ver a Francisco salir junto a Doménico Gianni y otras personas de su círculo más cercano, levanté una niña que y le grité para que pudiera verla, finalmente la pequeña pudo acercarse y justo antes de irse a cumplir el compromiso que tenía con los jóvenes y con el Presidente, pude estrechar su mano por unos segundos. Allí permanecí casí hasta las diez de la noche, pero no fue posible un encuentro más prolongado con el Papa.

Llegaba a casa con pocas fuerzas y a veces sin haber comido nada durante el día porque salía desde temprano y prefería no moverme pues cualquier instante de ausencia hubiese podido ser el momento exacto para cumplir mí sueño. El día siete por bendición de Dios compartí la espera con la Señora Claudia María Marmolejo, ella junto a su hija habían llevado al pequeño Lorenzo, hijo de esta última para que recibiera la bendición y coronara así los seis meses de vida que el Señor le ha regalado. Fue una tarde muy fría, lluviosa. Después de hacer la Coronilla de la Misericordia con la señora Cristina, no me fijé en que momento pero justo cuando el Papa Francisco salía, ella corrió hasta su carro para que él bendijera al niño y lo besara varias veces, aquella escena me conmovió y lleno de alegría y un momento después a menos de doce metros las miradas del Papa Francisco y la mía se cruzaron y allí sin dejar de mirarme, levantó su mano derecha para darme la bendición.

Ese día recibí el Sacramento de la confesión por parte de un sacerdote Guatemalteco que se encontraba en el lugar. Fue el día más difícil en cuanto a la espera, pues al comenzar la mañana el sol había quebrantado mi piel y en la tarde el frío había empezaba a molestar todo mi cuerpo. Sin embargo, no pensaba rendirme. Al llegar a casa y antes de dormir empecé a hacer oración, también había pedido a varios amigos Obispos, Sacerdotes y religiosos que me encomendaran en sus oraciones. Fue una noche en la que dormí pocas horas porque a eso de las tres de la mañana y sin importarme el frío, Fui a postrarme frente a Jesús sacramentado en la capilla de la casa de los Jesuitas donde pasaba mis días.

Era aquel día la Natividad de la Virgen y como consagrado siempre he sabido que el Señor no le niega nada a su madre y que acudir a ella es prenda segura para acercarnos al corazón de Jesús y aunque tenía meses en oración y todo parecía no darse, resolví no darme por vencido e implorarle al Señor a través de su madre, acudiendo a lo que siempre se ha dicho de su predilección por viudas y huérfanos.

Esa mañana salí más temprano que de costumbre, por el camino iba haciendo oración y sin el vestido entero que exigía el protocolo, puesto que ya había pasado por tres días de sol sereno y lluvia y solo estaba en condiciones de buen retiro. Un Jeans, mis zapatos de misión y un buzo de la Compañía de Jesús que tenía la palabra Jesuitas, estampada en letras blancas y grandes fue mi vestuario para aquella mañana. Ese día había poca gente esperando al Santo Padre, me refiero pocos justo al frente de la Nunciatura, porque las calles cercanas estaban siempre llenas de gente que a veces venían viajando varios días y durmiendo en algún parque esperando que Él pasara.

Los momentos previos a la salida del Papa fueron  de oración, pedía al Señor a través de la Virgen la gracia de poder saludarlo y conversar con él algunos momentos, al igual que lo hacía la señora que estando a mi lado y que había cargado a su bebe varias horas y recibido malos tratos antes de recibir la bendición. Finalmente el Papa Francisco salió, las señoras habían dado un par de pasos al frente y luego de saludarlas al verme extendió su mano en señal que me acercara, dicha aprobación fue suficiente para que su equipo de seguridad me permitiera acceder al Sumo Pontífice, aquel encuentro fue algo  donde obró totalmente la divina providencia. A hasta a falta de un fotógrafo cercano, fue Doménico Gianni el jefe de seguridad del Papa quien tomó mi celular y lleno de amabilidad decidió inmortalizar aquel encuentro con varias imágenes.

Al estrechar su mano y mirándolo fijamente a los ojos, mirada que debo decir transmite mucha paz, pude ver en sus ojos la calma y alegría de quien se ha donado completamente como siervo de Cristo. Santo Padre, le dije: Yo quiero ser sacerdote, he sentido el llamado para servir al Señor desde el ministerio, pero siento miedo de no poder responderle hasta el final porque he sido inconstante y lleno de debilidades. Él con la mayor ternura y sin cambiar la mirada me dijo  pausadamente y con marcado acento argentino: “No hay que tener miedo, hay que seguir al Señor. Créele al Señor, Créele a Jesús, hay que confiar en el Señor”. Le pedí que orara por mi familia y amigos, en ese momento pasaba por mi corazón el grupo de oración Intercesión de María al cual pertenezco en Santa Marta, mi tierra natal y que se han convertido en mi familia también, pensaba también en algunas personas por las cuales me habían pedido oración por estar enfermas y en todas los que amo.

El papa Francisco puso su mano derecha sobre mi cabeza por unos segundos y me hizo la señal de la cruz en la frente. Esa mañana estaba lleno de gozo y gratitud hacía Dios por aquella oportunidad y con la firme convicción de saber que aquel encuentro debía acercarme más al Señor Jesús, a servir a los demás, a ser portador de esperanza, a invitar con Amor y buen testimonio de vida a quienes no creen y a aquellos que aún creyendo han enfriado su fe en el camino. Exhortar no solamente a dar el primer paso sino a seguir caminando sin detenernos, obedientes, humildes y esperanzados para mostrar el Amor de Cristo en el mundo y ganar el cielo, que es lo mejor que cualquiera puede ganar.

Tuve dos días después la oportunidad de verlo en Cartagena durante el rezo del Ángelus y en el Aeropuerto durante la ceremonia de despedida. Grabado quedo en mi corazón la certeza que su Santidad es un hombre que pasó por nuestro país dejando la huella de Cristo, tocando corazones. No por méritos del Papa sino por abrir el corazón a Cristo, eso es lo fundamental, cambiar la vida y aceptar a Cristo, caminar con nuestras debilidades pero abandonadnos confiadamente en su Misericordia con intención de cambio, esperando todos ser mejores y vivir la experiencia de su Amor, Amor bajo cuyo amparo pido a las oraciones de todos por todos, especialmente por quien escribe estas líneas.

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