La Familia… ¡Recemos por la familia! Familia 

La Familia… ¡Recemos por la familia!

 

Por P. Fernando Gioia, EP. | Colaborador Editorial.

“Ayúdanos, a que sepamos perdonarnos mutuamente, lo mismo que tú, Señor, nos has perdonado”.

La familia – uno los bienes más preciosos de la humanidad- como dijo San Juan Pablo II: “en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura” (Familiaris Consortio, 1). Preocupantes son los signos de degradación de algunos valores fundamentales, lo que da lugar a: “una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí, las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos, las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores, el número cada vez mayor de divorcios, etc. (Idem, 6). Insistía el soberano pontífice que, “¡el futuro de la humanidad se fragua en la familia!”.

La presión de la sociedad secularizada que vivimos sobre las familias es abrumadora. Unos capitulan dejando de lado los principios en que se fundamenta. Eso los lleva a abandonar la bella y emocionante promesa del momento de la promesa matrimonial: “me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. Es necesario, queridos lectores, una resistencia que podríamos calificar de heroica, para enfrentar la presión que sufren los miembros de la familia, especialmente el esposo y la esposa.

De continuar así las cosas, esta penetración en las mentalidades y en las costumbres, dará lugar a que, “en breve, la familia auténticamente cristiana habrá pasado a constituir una excepción rarísima y mal vista, en el seno de una sociedad descristianizada”, como dijo quien fuera el líder católico más importante del Brasil en el siglo pasado,  Plinio Corrêa de Oliveira.  

En la preocupación de esta triste y grave situación que sufre la santa institución de la familia, cayó en mis manos un librito, simple y pequeño, intitulado: “Oraciones para la familia”. Fue editado por los Heraldos del Evangelio de Colombia. Lo comencé a hojear. Quedé impresionado con los pedidos, en las variadas oraciones que contiene para enfrentar las dificultades por las que pasan los padres, los hijos, la relación mutua entre ellos y otras circunstancias.

Pensé en ustedes, mis queridos lectores. Pero, ¿cómo hacer para trasmitirles esto en un artículo? Compenetrándonos, la situación nos quedará clara en nuestros pensamientos, sabremos qué actitudes tomar y principalmente…por ello rezar.

Caminemos un poco en esta singular experiencia periodística, se encantarán. Tomemos algunos puntos apenas de las variadas oraciones.

Si pensamos en la Sagrada Familia de Nazaret, que nos dejó el ejemplo eximio de amor de los esposos entre sí y de amor hacia sus hijos, no dejemos de pedir, para que seamos ayudados: “a educar cristianamente a nuestros hijos y a amarnos uno al otro con un amor sacrificado, tierno y puro”.

Para que haya paz – la tan anhelada paz familiar – es preciso que tengamos sentimientos de misericordia, que seamos humildes, que nos revistamos de dulzura y de paciencia. Pidamos  por tanto: “Señor Dios nuestro, ayúdanos a sobrellevarnos los unos a los otros cuando tengamos un motivo de queja. Que sepamos perdonarnos mutuamente lo mismo que tú, Señor, nos has perdonado”.

No pocas veces las familias viven pruebas y dificultades, es el momento de pedir a Dios, Padre lleno de bondad, que socorra a “las afectadas por la pérdida de valores, la falta de trabajo, la soledad y la falta de amor”.

El estar solos, el estar sin familia. Cuántos son los que sufren estas situaciones. Que, a estos o estas, si los designios de Dios son de que no lleguen a formar un hogar, recen pidiendo: “la gracia de aceptar mi soledad bendecida con tu presencia y de estar en paz conmigo, sabiendo que tu Amor y tu presencia me envuelven y acompañan siempre. No dejes que me encierre en mí mismo, sino ayúdame a estar siempre abierto a ti y a los demás”.

El desempleo, cuando golpea en un hogar, el jefe de familia, junto a la esposa y los niños, recen: “te pido que me concedas todo el ánimo, confianza, valor y fortaleza, para salir de mi casa en busca de trabajo, con la certeza de que Tus manos extendidas a mi favor me abrirán las puertas, preparando a mi entrada un empleo según Tu voluntad”.

La preocupación de una madre siempre son los hijos, para que no se aparten del buen camino y puedan alcanzar la salvación. Bello es escucharlas rezando: “Señor Jesucristo, toma bajo tu protección los hijos que Tú me has dado. No permitas que te ofendan con el pecado: elígelos para el Cielo”.

También, ambos padres tienen que pedir para que sus hijos sepan descubrir el camino por Dios señalado para ellos. Ser valientes y pedir para que “no se conformen con un ideal fácil y mediocre”. Pero rezar también por ellos mismos ser iluminados por la gracia, para “que les ayudemos a reconocer su vocación y a realizarla generosamente, sin poner impedimentos a su libertad y sin oponernos a tu guía interior”.

¿Y los hijos?, también ellos deben comprender siempre más a sus padres, saber devolverles amor por amor. Rezar por ellos diciendo: “Señor Jesús, ellos me dieron cariño, protección, se desvelaron por mí. Cuando ellos me necesiten, quiero que se sientan envueltos por mi respeto, mi amor y mi comprensión”.

Grande es la misión de la mujer. Nada mejor que pedir por medio de la Santísima Virgen María, Casta Esposa de San José y Madre tiernísima de Jesús, perfecto modelo de las esposas y de las madres: “Enséñame a honrar a mi marido, como tu honraste a San José; que él encuentre en mí a la esposa según su corazón”.  Y claro no dejar de pedir: “Protege a mi marido, dirígelo por el camino del bien y de la justicia, pues su felicidad me es tan querida como la mía”.

Espero les haya sido provechoso y los llene de esperanza.

Volvamos nuestros pensamientos hacia la familia de Nazaret, en su oculta existencia, en la pobreza, en la persecución, en el exilio.  Que San José – a quien el Creador del mundo llamó de Padre – guarde y proteja las familias en estos momentos convulsionados que vivimos. Que la Virgen Madre dé fuerzas a cuantos sufren las dificultades en sus familias. Que Cristo Jesús dé luz, alegría, serenidad y fortaleza a todas y cada una de las familias de nuestro querido El Salvador.

P. Fernando Gioia, EP.
www.reflexionando.org

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