Los pequeños son amados por el Señor Editorial 

Los pequeños son amados por el Señor

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

“Quiero ser santa, pero siento mi impotencia y te pido, Dios mío, que seas Tú mismo mi santidad”. Hace algunos días me encontré con el tiempo suficiente como para ver una película. ¿Qué querría sentarme a ver durante una o dos horas? Sin mucho pensarlo, me convencí de que sería bien aprender sobre la vida de los santos. Entonces, vi la vida de santa Teresita del Niño Jesús (de Lisieux).

Mucho había escuchado de su vida, ya que es una de las santas más conocidas de la Iglesia, sin embargo no conocía todo lo que había transcurrido en la vida de una mujer tan joven. Al comenzar la película desde la primera escena quedé maravillada por una frase que la santa pone sobre papel, como escribiendo un diario. Es ahí que pronuncia: “Dios mío, quiero ser santa, pero siento mi impotencia…”.

Al instante captó mi atención. Es como si esa frase hubiera salido de mis labios. ¿Cuántas veces me encontré con tal deseo de vida espiritual, para verme contra la pared de mis debilidades y pecados? Un instante tras otro en la vida de santa Teresita, me daba cuenta de que no había nada extraordinario, por así decirlo, en su persona. Era una mujer con tristezas y alegrías, a veces preocupaciones y otras confianza -pero eso sí- con enormes aspiraciones hacia una cercanía total con Jesús.

Amaba tanto a Jesucristo. De hecho, en 1887 escucha hablar sobre un asesino que mató en París a tres mujeres. Teresita no quiere que esta pobre alma vaya al infierno; entonces se sacrifica por él. Reza por su salvación, pidiendo sinceramente a Dios que le perdone sus pecados. Henri Pranzini era su nombre. Finalmente, éste es juzgado y condenado a la guillotina, sin embargo, en el momento antes de su muerte besa el crucifijo. Esta joven adolescente llora de alegría pues ¡su oración ha sido escuchada! Ella llama a este pobre pecador su primer hijo.

Santa Teresita, nacida en 1873 y la última de cinco hermanas, soñaba con entrar a la orden del Carmelo a sus 15 años. Tanto, ¡que le había rogado al Papa para que hicieran una excepción por su temprana edad! Tras meses de espera, finalmente Dios le concede el deseo de su corazón, convirtiéndose así en la novicia más joven. ¡Cómo sufrió esta joven alma por su Señor! No obstante, lo ofrecía a Jesús, como gotas de agua que fecundan la tierra. Se sabía frágil en comparación a los santos; ellos eran montañas y ella un diminuto grano de arena.

Pero no se dio nunca por vencida. En efecto, la palabra de Dios le mostró el camino. Santa Teresita leyó en Proverbios 9,4 que “Si alguno es pequeño que venga a Mí”. A lo que ella escribió: “Entonces yo fui”; y con ello se cuestionaba qué sucedería al acercarse a Dios siendo pequeña. De manera que leyendo Isaías 66 entendió que ella sola no podría ser santa, sino que Jesús la tomaría en sus brazos y de tal modo ascendería con mayor rapidez hacia la virtud.

En efecto, comprendió algo que en lo personal, me ha dejado gran ánimo para también desear y perseverar en santidad: Existe un camino de santidad que se abre a todos; éste es aceptar la realidad de nuestras debilidades y ofrecernos tal como somos, para que sea Él quien intervenga en nosotros.

Mientras transcurría su breve existencia, que culminará por la tuberculosis a sus 24 años, pude observar en cada escena del filme, que ella era como yo, y como tantas mujeres que amamos a Dios. Se sabía débil, frágil e impotente sin la ayuda divina. Por lo que cada día de su vida en el Carmelo hasta el final, pidió ayuda y socorro al cielo para crecer en virtud y santidad.

La florecita, como muchos la llaman, se supo en total seguridad bajo los rayos del Sol; su Señor y Dios. Escribió que su “caminito es el camino de una infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”.

Al terminar la película supe que acababa de conocer la vida de una santa a la cual podía sentir cercana a mí. ¡Qué maravilla fue dejar para nosotros un caminito por el cual subir al cielo sin sentirse incapaz! Su libro “Historia de un alma”, ha dejado plasmada la belleza y la sencillez de un corazón encendido por el amor de Dios y por salvar a las almas.

¿Sabías que santa Teresita de Lisieux es la tercera mujer proclamada Doctora de la Iglesia, tras santa Catalina de Siena y santa Teresa de Ávila? Esto me ha asombrado, pues cuando repaso su vida terrenal concluyo que todos podemos ser santos. Todos.

Reflexionando sobre este destino que todos tenemos de ser santos, he llegado a la conclusión de que a gran escala se necesitan tres virtudes: voluntad, confianza y amor. La voluntad: esa elección y resolución de hacer algo es primordial cuando sabemos que nuestras faltas son continuas. Caemos, pero debemos albergar ese ánimo de levantarnos para seguir. La confianza: la seguridad de que cuando ya no pueda más con mi cruz, Jesús me dará la fuerza para besarla y aceptarla. Y el amor, ¿qué está por encima de él? Si Dios es amor, ¿qué puede curarnos y alimentarnos mejor que esta fuente inagotable?

Santa Teresita del Niño Jesús me enseñó que los pequeños son amados por el Señor. Pues esa pequeñez proviene de verse en la presencia de Dios, y asegurarse de que nada podemos sin su ayuda.

Me recordó que no hay alguien tan humilde que no pueda ofrecerle su vida a Dios, sin que ésta sea de gran valor para Él. También, comprendí que cuando sienta que no sirvo para ser santa y que las cosas del cielo no me apetecen como deberían, considere con fe que es Jesús quien me tomará en sus brazos y renovará mi alma.

Sabes, ¡los santos son una riqueza para nuestro camino terrenal hacia el cielo! Y quisiera terminar con unas bellas palabras que esta gran amiga nuestra, ya en el cielo, afirmaba con alegría:

En vez de desanimarme, me he dicho: el buen Dios no puede inspirar deseos irrealizables, por eso puedo, a pesar de mi pequeñez, aspirar a la santidad; llegar a ser más grande me es imposible, he de soportarme tal y como soy, con todas mis imperfecciones; sin embargo, quiero buscar el medio de ir al Cielo por un camino bien derecho, muy breve,  un pequeño camino, completamente nuevo”.

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