Aún hoy, después del sacrificio de la Cruz, Dios busca salvarte Editorial 

Aún hoy, después del sacrificio de la Cruz, Dios busca salvarte

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Puedo asegurar que conoces la historia de un rey, que, siendo el más poderoso quiso entregarse por completo a sus súbditos. Lo dio todo, hasta la propia vida. Probablemente concluimos que el final fue que su pueblo lo amó siempre por tal sacrificio inmerecido, sin embargo, no ha sido así. Esta es la historia del Rey de reyes, de nuestro Señor Jesucristo.

Sé que muchos de los católicos conocemos bastante bien la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor y Dios, Jesús. Por ello, entregamos lo mejor de nosotros para cumplir con nuestras promesas bautismales, al igual que le damos constante observancia al sacramento de la Confirmación (¡que no es el final, sino el comienzo!): “quiero seguir en esta fe católica y vivir siempre de tal manera”. Pero ¿Por qué gran parte de su rebaño, hoy, olvida que tan grande majestad nos sigue buscando para evitar que caigamos en el fuego eterno?

La deuda ha quedado pagada; listo, no debemos ni un centavo más. Sin embargo, nos comportamos como el hombre de aquella parábola en que Jesús nos cuenta que un hombre fue perdonado por el soberano de una deuda de “millones de monedas de plata”, salvándole de ser vendido junto con su familia. No obstante, al salir de la presencia del rey, fue a buscar a un hombre que le debía “pocos miles de monedas de plata” (Mt 18, 28). El compañero cae de rodillas, tal como él había suplicado ante el rey, pero éste no se lo perdonó. Lo arrestó y lo encerró en prisión. Otros, al enterarse de lo sucedido, se lo comentaron al rey quien reprendió al hombre por su falta de misericordia. De manera que lo encarceló y pidió que lo torturaran hasta que pagara la deuda. Jesús concluye con estas palabras: “Eso es lo que les hará mi Padre celestial a ustedes si se niegan a perdonar de corazón a sus hermanos” (Mt 18, 35).

Ciertamente al leer el pasaje anterior nos pensamos: yo sí lo hubiera perdonado. Pero, echa un vistazo a tu vida y hacia aquellas personas a las que todavía hoy les desearías un mal o simplemente no volver a verlas. Cuando ves el máximo sacrificio, que es la Cruz; la manera en que Jesús fue golpeado, humillado, escupido, sufriendo todo esto ¡en silencio! ¿qué no podremos a caso perdonar una ofensa de ‘miles de monedas de plata’, en comparación con los ‘millones’ que nos fueron absueltos?

Frecuentemente, al meditar los misterios dolorosos, me sucede que no puedo creer lo que estoy leyendo. Todo eso lo hizo… ¿por mí? ¿por alguien como yo? ¡Es tan incomprensible! Y aún así, hay ocasiones en las que me es difícil perdonar a otros o ser persistente en las cosas de Dios. No obstante, la Cruz es de gran ayuda para superar cualquier enfado o tibieza espiritual. Él lo dio todo por mis faltas ¿no podré yo mostrar al menos un poco de misericordia y perseverancia? En efecto, una de las afirmaciones que más me ha impactado, expresadas por el mismo Jesucristo, son aquellas dirigidas a Santa Margarita María Alacoque, una humilde monja del monasterio en Paray-le-Monial, Francia. Sucedió un 16 de junio de 1675. En aquel día se le apareció nuestro Señor, mostrándole su Corazón que, rodeado de llamas de amor y coronado de espinas, llevaba una herida de la que brotaba sangre; asimismo, del interior de su corazón surgía una cruz.

Esto fue lo que le dijo: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que no ha ahorrado nada hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. Y, en compensación, sólo recibe, de la mayoría de ellos, ingratitudes por medio de sus irreverencias y sacrilegios, así como por las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en este Sacramento de amor…”[1]. Hace pocos días, conversando con una buena amiga -fiel devota del Sagrado Corazón- exclamó con indignación: ¿Cómo es que es Él quien mendiga nuestro amor? Honestamente sólo pude quedarme en silencio, asintiendo y reflexionando tan gran misterio con tristeza.

Ha sido precisamente ese cuestionamiento el que ha encendido una chispa que en ocasiones se apagaba. Esa tibieza que por días o en circunstancias nos invade. Pero con una pregunta tan sencilla, me encontré profundamente sacudida. De manera que quise desagraviar, compensar al Sagrado Corazón que fue torturado por todas nuestras faltas, aunque a través de los siglos, han sido pocos los que han procurado aliviarlo. Me prometí no ser un alma más que lastime su infinito amor; todo lo contrario. Cada vez que me encuentro frente al Sagrario o ante la custodia en adoración le digo desde lo más íntimo de mi ser: “Aquí estoy, yo sí quiero estar contigo. Gracias por tan grande milagro, porque frente a mí, tengo a mi Dios”.

Vienen a mi mente todas aquellas personas alrededor del mundo que le dicen lo mismo mientras se detienen a hablar con su Redentor y Salvador. Dentro de un monasterio, en un retiro de jóvenes, en una sencilla capilla, en una iglesia humilde o bien adornada. No importa en qué país, lugar o con qué lengua se le adore, Él ahí está, presente en Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad. ¡Qué más podemos pedir! Y podríamos expresar una gran verdad como la que dejó plasmada San Agustín en su obra Confesiones: “Nos creaste para ti, Señor, y nuestro corazón andará inquieto mientras no descanse en ti”.

También recuerdo que en una ocasión escuché a una mujer decir: “cuando vayamos al Santísimo, no digamos ‘voy a acompañar al Señor’ como si Él estuviera solo. Todos los ángeles se encuentran ahí, adorándole junto a María. Si te presentas ante Jesús Eucaristía mejor piénsalo de esta manera: voy a mi Señor porque lo necesito, porque sin Él no soy nada”. ¡Vaya! Nunca lo había pensando así…

Hoy es el mejor momento para que regreses a Dios y ¡renueves tu amor y devoción hacia Él! quien te ama, te espera, mendiga tu amor. Pues esta es la historia de un rey, que, siendo el más poderoso quiso entregarse por completo a sus súbditos. Lo dio todo, hasta la propia vida.

Y, con los brazos extendidos, mostrando sus llagas te sonríe diciendo: “aún hoy, después del sacrificio de la Cruz, lo daré todo para que me sigas, porque quiero salvarte”.

[1] (n.a). “Sainte Marguerite-Marie messagère du Coeur de Jésus”. Les Sanctuaires Paray-le-Monial.

Sainte Marguerite-Marie, messagère du Cœur de Jésus

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