Empecemos HOY Editorial 

Empecemos HOY

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

Las noticias actuales pueden acabar con nuestra esperanza. En ocasiones pareciera que una nube oscura y pesada se hubiera instalado sobre nuestras cabezas. ¡Qué bajo hemos caído! podríamos pensar, debido a la perdición en la que estamos inmersos. Es que es evidente la agenda mundial; avanzar al lado opuesto del camino que dirige hacia Dios¿Que si pecamos no iremos al cielo? no importa, pequemos que eso divierte; ¿Que hay que ser honestos, fieles y santos? qué más da, engañemos, fomentemos la infidelidad y propaguemos nuestro lado oscuro. 

Ya se ha vuelto ordinaria la frase “hagamos acto de reparación por…“. Entre ellas, imágenes de Cristo y María decapitadas o manchadas con sangre, pisoteadas, Eucaristía profanada, iglesias como blanco de bombas, ¡hasta muerte de sacerdotes! en fin. Y por supuesto, reconocemos que el agravio es demasiado grande como para ignorarlo, por ello acudimos a la Santa Misa para aliviar el dolor de Jesús que nuevamente es ultrajado por quienes lo odian y no lo conocen; a la Hora Santa y a orar con fervor por esas pobres almas.  Igualmente, realizamos el rezo del Santo Rosario o los 5 primeros sábados de mes para la reparación al Inmaculado Corazón de María, pero… ¿nos quedamos de brazos cruzados perpetuamente?

Hoy, al encontrarme con una de las tantas noticias sobre ataques terroristas o de izquierda en Europa, me vino a la mente una frase que nuestra madre del cielo, María, expresó con gran dolor. Durante en la sexta aparición de la Virgen en Fátima el 13 de octubre de 1917, mismo día en que se vio el milagro del sol, la vidente Lucía explicaba que nuestra madre tras unas palabras, tomó un aire de tristeza y dijo“Es necesario que se enmienden, que pidan perdón de sus pecados… ¡No ofendan más a Dios nuestro Señor, que ya está muy ofendido!“.

¿Qué es lo que no entendemos de esta frase que ha salido de los labios de quien le dio carne al Hijo de Dios? Al leerla y leerla de nuevo me causa algo de inquietud: ¡No ofendan más a Dios nuestro Señor, que -ya- está muy ofendido! Es decir, a estas alturas de la historia del hombre, ya se ha agraviado sobre manera a un Dios tan bueno y misericordioso. Tal como una madre que advierte sobre el dolor que le hemos causado a nuestro padre por nuestras travesuras constantes, María nos da un aviso de que hemos “cruzado la línea”.

Y me pregunto, ¿Qué hemos hecho al respecto? ¿a caso hemos dejado el pecado para avanzar en la vida espiritual? Parece ser que estamos enfocados solamente en vivir para siempre, en la Tierra. Sin embargo, olvidamos que este es un peregrinar que definirá nuestra vida después de la muerte; porque el cielo, el purgatorio y el infierno son dogmas de fe. Y sí, muchos jóvenes y adultos, hasta personas consagradas ¡dudan de la existencia del Maligno y de la condenación eterna! Ése es precisamente el meollo del asunto; hoy lo bueno es malo y lo malo es bueno. Ya nos preguntaba Jesús que si somos la sal de la tierra, pero si ésta perdiera su sabor “¿Cómo podrá ser salada de nuevo?”,y agrega: “ya no sirve para nada, por lo que se tira afuera y es pisoteada por la gente” (Mt 5,13).

Desafortunadamente a este mundo le falta sabor. Cada vez más nos contentamos con ser parte de la insipidez de la sal, de esa que ya no aporta nutrientes ni gusto. Las generaciones que relevan a las viejas, ya no muestran interés por conocer la Verdad. Y cómo tendrían espacio en su corazón, si ya está repleto del mundo, de manera que pocos pueden decir con Pablo: “y ahora no vivo yo, es Cristo que vive en mí” (Gál 2,20). No obstante, aún podemos hacer ALGO.

Es importante mencionar otra de las revelaciones que nos hizo nuestra Madre a través de los pastorcitos en Fátima. Precisamente fue tras haberles mostrado a los pastorcitos de Fátima la visión del infierno. Entonces María les dijo: “Van más almas al infierno a causa de los pecados de la carne que por cualquier otra razón”. Reflexionemos lo anterior. ¿Qué no es lo que más causa la perdición del hombre en cuanto a ser digno hijo suyo? De hecho, en una ocasión el Papa Benedicto XVI señaló que la familia era “uno de los tesoros más importantes de los países de América Latina, pero que estaba amenazada por leyes que se oponen al matrimonio, como la anticoncepción y el aborto“. Asimismo, condenó la muerte inocente desde el vientre y el casamiento de homosexuales, al mismo tiempo en que denunció el incremento del consumo de drogas, la inmoralidad y el hedonismo, que se traducen a lo que la Virgen María se refería con “los pecados de la carne“.

Tal como tú, numerosas veces sentí que ya no había salida; que grandes cantidades de cristianos están bajando la guardia como si la guerra hubiera sido una rotunda derrota. Pero no olvidemos lo que Sor Lucía dejó por escrito, entre otras cosas: “La batalla final entre el Señor y el reino de Satanás será acerca del matrimonio y de la familia. No teman porque cualquiera que actúe a favor de la santidad del matrimonio y de la familia siempre será combatido y enfrentado en todas las formas, porque esta es la cuestión fundamental. Sin embargo, Nuestra Señora ya ha aplastado su cabeza. Así es. Lo que sucede hoy no es que nuestro enemigo espiritual tenga más poder, sino todo lo contrario, hace lo que puede pues su tiempo se agota. Él no es más que un ángel rebelde, criatura de Dios; siempre y en todo, a los pies del Creador.

Sí. Los ataques terroristas, crímenes de odio contra sacerdotes, olvido de las cosas del Señor y puertas abiertas a lo oculto, Nueva Era y pecaminoso es parte de su plan destructor. No obstante, ¡no puede hacer nada en contra de nuestra voluntad! De manera que, un alma fiel a Dios, a sus sacramentos, a su Palabra y a su compañía no tiene nada que temer. ¿Sufriremos? seguramente. ¿Debemos perder el ánimo? eso sería una ganancia para el enemigo. ¡No le demos ese gusto!

Nuestra salvación no está en los gobernantes y sus leyes (que cada vez están más apartadas de las leyes de Dios). Tampoco está únicamente en la fuerza física; el aspecto militar. En realidad todo nuestro poder para vencer al Diablo reside en nuestra FE. Quien tiene fe ¡mueve montañas! ¿Recuerdas? Hace poco el sacerdote exorcista Peter Glas explicaba lo que un demonio le había confesado a la fuerza al verse obligado en el nombre de Jesús. La pregunta era ¿Cómo era posible que la mujer poseída a quien intentaba exorcizar pudiera asistir a misa y estar frente al Sagrario sin que fuese violentamente vulnerado por la presencia de Dios? A lo que el demonio dentro de ella le dijo sin vacilar que “en aquellas Misas –sólo tres personas CREÍAN-“. Lo que, Peter Glas afirmaba, nos conduce a recordar, entre otras, las palabras de nuestro Señor en Lucas 7, 50: “Pero Jesús dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vete en paz”. 

Por ejemplo,  ¿cuántos colgamos el Rosario del retrovisor del auto pero nunca lo rezamos? ¿Cuántos llevan una cruz al cuello como mera decoración, sin pensar en la Pasión y amor de Cristo? ¿Cuántos se dicen católicos y -nunca- van siquiera a la Santa Misa, ni conocen los sacramentos? Hace poco, tras leer algunos libros de los santos más conocidos me preguntaba, ¿En qué son diferentes los santos a nosotros? Su fe. Eran humanos; cayeron en el pecado porque no eran perfectos por lo que necesitaban la confesión; muchas veces sintieron desfallecer en el camino hacia la santidad; experimentaron la tristeza y soledad; fueron calumniados e incomprendidos ¡hasta agredidos! En todo el mundo habemos católicos que hemos vivido algo parecido según nuestras circunstancias, pero ¿qué fue diferente? Su convicción. Qué razón tenía nuestro Señor al alentarnos diciendo: “no teman a los que pueden matar el cuerpo, pero no el alma” (Mt 10,28).

El tiempo de actuar es ahora. El tiempo de decidirnos es ahora. El tiempo de vivir para Dios empieza hoy. Recuerda estas palabras, que en lo personal me han sido de gran empuje espiritual, de una hermosa carta en la cual Jesús pareciera hablarnos: “Si para amarme esperas a ser perfecto, no me amarás nunca. Quiero tu corazón, quiero formarte, pero mientras tanto: Ámame tal como eres“. 

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