¡Dios importa! Editorial 

¡Dios importa!

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

Esto es lo que pienso cuando observo cómo la fragilidad de nuestra existencia se ve radicalmente transformada por conocer a nuestro Señor. No significa que quienes tengan fe carezcan de problemas o que sus vidas sean más fáciles; en realidad no me atrevería a asegurarlo. Lo que sí puedo afirmar con seguridad es que, quien posee un corazón ardiente por seguir los pasos de Dios, no se perderá. Aquel que se mantiene cerca de Él, no se alejará hacia senderos peligrosos.

Pero, ¿en qué escala podemos decir que Dios realmente importa? Y anoto la pregunta anterior ya que alguien un día me la hizo. Asombrada, y a la vez esperando un cuestionamiento tal por parte de un niño de 8 años, me detuve por unos minutos.

Primero, intenté comprender el verdadero sentido de la interrogación. Después, considerando la generación de aquel infante, entendí. Constantemente se les bombardea con juegos y nuevos gadgets que poseer para ‘ser cool’. ¡Por supuesto que creería que aquello era mucho más importante por su utilidad; los podía ver, tocar, le servían. Y ¿Dios? ¿cuál era su importancia?

Ciertamente tantos los catequistas como los padres de familia se ven desafiados por las nuevas interrogantes que les hacen los niños de hoy. El aspecto positivo que encuentro en ello es que nuestra fe se ve alimentada por responderles con la verdad, llevando a su vez a avivar la chispa de una fe tal vez casi en cenizas. Nuestros niños y jóvenes están deseosos de encontrar lo que es auténtico y una considerable responsabilidad recae sobre quienes se dicen creyentes pues son en directo canal de información para ellos.

A lo largo de aquel día la pregunta se quedó dando vueltas en mi mente. Dios importa, pero ¿cuánto? En momentos me asombraba por siquiera hacerme esa pregunta a mí misma. Reflexionaba algo así como: Brenda, sabes que tener a Dios es esencial pero… en tu diario andar ¿cuánto demuestras que importa?. Y aquello culminaba en una reflexión interior que me sacudía del polvo que muchas veces se formaba cuando se dan por hecho muchas cosas y se hacen rutinariamente.

Sonriendo para mis adentros concluí que ¡aquel niño era un genio! Con sencillez supo elaborar un trascendente cuestionamiento que llevaba hasta a los adultos a detenerse un poco.  

Dentro de nuestras iglesias observamos que Dios tiene un lugar central. Al centro el altar, alrededor imágenes de nuestra Madre, la Virgen María y los santos; todos ellos una ayuda palpable para el ser humano en busca de recordarle su camino hacia la santidad. La Misa semanal o dominical a la que asistamos es un frecuente recuerdo de que Dios nos ama y nosotros a Él.

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