El significado de un santo Editorial 

El significado de un santo

Por Jaime García Oriani | Colaborador Editorial.

En menos de un mes, El Salvador tendrá a su primer santo: monseñor Óscar Arnulfo Romero, exarzobispo de San Salvador, quien fue elevado a los altares como mártir por odio a la fe. La Plaza de San Pedro, en el Vaticano, será el lugar donde se llevará a cabo la ceremonia, que será presidida por el Papa Francisco.

Durante los años que fui corresponsal en el Vaticano, viví varias canonizaciones. El fervor que se vive y el entusiasmo que transmiten los peregrinos es algo que impresiona a cualquiera, independientemente se sea creyente o no. Son dos cosas las que más me impactaban. La primera era el hecho de que, pese a las multitudes que abarrotan la Plaza o Basílica de San Pedro, siempre se mantiene cierta solemnidad y recogimiento en la ceremonia litúrgica; la segunda, la multiculturalidad y diversidad de lenguas, reunidas en un mismo lugar por una sola fe. Quienes asistan a la canonización vivirán sin duda una gran experiencia que dejará huella en ellos.

Con la proximidad de tal evento, se comienza a hablar más de Mons. Romero o surgen algunas preguntas. Sin ánimo de ofrecer una profundización en la naturaleza teológica de esa proclamación o en la vida del mártir, comparto unos puntos que pueden ayudar a clarificar las cosas y entender mejor lo que se avecina.

¿Qué significa que sea el primer salvadoreño declarado santo por la Iglesia Católica? Más allá de lo histórico, pastoralmente es una oportunidad para revelar y dar a conocer la verdadera figura del santo y comenzar a superar -de una vez por todas- la instrumentalización política de quien llevó hasta las últimas consecuencias el ser fiel a la doctrina de Cristo.

Sé, sin embargo, que no siempre es fácil ver con total confianza a alguien cuyos mensajes han sido instrumentalizados o que en temas opinables pensara de una determinada forma. Vale la pena leer sus homilías y textos originales sin la contaminación de quienes los utilizan o reproducen a conveniencia. Muchos se sorprenderán -al menos a mí me sucedió así- de las similitudes con el mensaje del Papa Francisco, especialmente en todo aquello relacionado con los pobres y la preocupación por los más débiles.

Tener un santo del país fortalece la identidad religiosa de un pueblo, cuyo modelo y referencia es alguien con sus mismas raíces. Esa figura también puede ser su patrono e intercesor. Esta “cercanía” no es banal en la cultura de la fe.

Una de las preguntas más recurrentes es cuál es la diferencia entre santo y beato. Ofrezco algunas respuestas a grandes rasgos.

Un error es pensar es que el santo está “más en el Cielo” que el beato. Cuando la Iglesia beatifica o canoniza, declara que esa persona ya alcanzó la salvación eterna. Las diferencias radican en diversas cuestiones. Una es la extensión del culto: mientras que la fiesta litúrgica del beato se celebra en un lugar particular, la del santo es propuesta para toda la Iglesia universal.

En esta línea, por disposición del Papa Benedicto XVI, la beatificación normalmente se celebra en su lugar origen o que tenga un significado especial en su vida cristiana, y es presidida por alguien designado por el Romano Pontífice o por el Ordinario del lugar. Este último punto puede tener excepciones. Fue el mismo Benedicto XVI que durante su viaje pastoral al Reino Unido beatificó al cardenal John Henry Newman.

Por último, en el proceso de beatificación se pide un milagro atribuido a esa persona o que haya muerto mártir. Para declararlo santo, hace falta otro milagro (sin importar que haya sido beatificado por martirio, como el caso de Romero), realizado después de la beatificación.

Jaime García Oriani, Comunicador.
jgarciaoriani@gmail.com

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