El primer misionero Editorial 

El primer misionero

Por Brenda Figueroa | Colaboradora Editorial.

 

Un misionero es una persona dedicada a enseñar la doctrina cristiana en aquellos lugares en que las personas la desconocen o no la practican.

Él, fue enviado precisamente por Dios Padre a un mundo que estaba en tinieblas. Los seres humanos quisieron, por su propia cuenta, solucionar un problema que era más grande que ellos mismos pero era evidente; la deuda era impagable… el precio inalcanzable. Solamente existía una solución: que quien no tuviera pecado pagara por los pecadores.

Entonces, pidió permiso a una joven humilde –e inmaculada- de Nazaret a través de uno de sus fieles mensajeros, el arcángel Gabriel. Y con el sí de la Mujer, Dios mismo se aproximó hasta lo más íntimo y profundo del ser humano; se hizo uno de ellos. Jesús, se detuvo en las entrañas de la Santísima Virgen María durante nueve meses.

Y como todo enviado se preparó con antelación. Por lo que antes de nacer, se aseguró de santificar a quien sería la voz en el desierto que dispondría el camino. Jesús misionó siendo aún un pequeño en el vientre de su madre, pues visitó a Juan el Bautista.

El primer misionero fue encomendado la más grande labor. Jesús habló con los sordos, escuchó el clamor de los mudos, resucitó a los muertos, se acercó y tocó a los intocables. Pero sobre todo, su misión era única: entregar su vida para salvarnos de la muerte.

¡Por supuesto que encontró con piedras en el camino! Enemigos entre sus seguidores, cizaña creciendo con el trigo.  Pero nada de esto lo detendría; vio a una muchedumbre hambrienta y no se alejó sin haberla saciado. Al juntar a sus apóstoles -el amo, el dueño del universo- se inclinó como siervo a lavarles los pies.

¡El misionero más perfecto y humilde pisó esta tierra! Caminó nuestros caminos y experimento nuestros dolores. El Rey salió de su palacio para aproximarse aún más a su pueblo y demostrarle el valor a sus ojos. El Rey se vistió con sandalias sencillas y compartió la mesa con todos y cada uno de sus seguidores.

Jesucristo cambió el dulce aroma del Cielo por el hedor de un alma en pecado. No tuvo reparo en pasar de las alabanzas constantes e inigualables de sus ángeles y santos por las injurias de sus acusadores. El Buen Pastor también fue el cordero que se inmoló en el silencio.

Finalmente, realizada su labor en toda perfección, el primer misionero volvió a su patria. Pero se ha quedado muy cerca de sus amigos. Permanece en el pan y el vino.

Y ahora, su misión es ir trazando, con las huellas de sus pies traspasados por amor, el camino a casa en tu interior.

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