¿Puedo ser joven y católico? Editorial 

¿Puedo ser joven y católico?

Por Brenda Figueroa | Colaborador Editorial.

 

¿Tengo que ir a Misa? ¿Debo casarme para estar íntimamente con mi pareja? ¿Debo confesar lo que hago a un sacerdote? Esto suena algo anticuado… y lo es para muchos jóvenes hoy en día.

Ciertamente las generaciones actuales se enfrentan a un reto bastante monumental: ¿cuál es la finalidad de existir? A pesar de que el ser humano siempre se ha hecho esta pregunta, podría resumir que la interrogación en nuestros tiempos para la juventud es: ¿y ahora qué?

No es extraño encontrarse a dos personas enchufadas al celular, una enfrente de la otra ni a un adolescente que no puede parar de mirar cada dos segundos la pantalla de su móvil. Tampoco es fuera de lo común distinguir a jóvenes con rostros frustrados o como si quisieran escaparse de la realidad en la que viven a través de un par de audífonos en sus oídos. Pero ¿por qué hemos llegado a esto? Tal vez estés de acuerdo conmigo en lo siguiente:

  • La mentalidad de consumismo es mayor a la del esfuerzo.
  • Lo desechable es más apetecible que lo permanente.
  • El presente es lo único que importa.
  • La prioridad es lo que me haga sentir bien.

 

Antes de seguir, quisiera comentar que lo que expreso a continuación es mi opinión personal sobre lo que observo en mi diario andar. Como una joven de veintisiete años puedo asegurar que se nos bombardea con una sola ideología: eres un insignificante polvillo en el vasto universo, la vida es una entonces ¡aprovéchala sin medida!

Y menciono lo de ser insignificantes en el universo, porque esa estrategia vaya que es útil para hacernos sentir que no podemos ser importantes ante un Creador; que hemos sido creados y abandonados a la deriva. Entonces, si no importa ni nada de lo que piense o haga… ¿por qué no pasármela bien y ya?

¿Cómo sazona el mundo el platillo anterior? Pues bien, agregándole litros de placer momentáneo, unas cucharadas del deseo desmedido de tener siempre más, y unos kilogramos de indiferencia por el futuro, porque… todo lo que importa es el hoy, el ahora, el presente, aquí. Y en parte es cierto, sin embargo, si tan fácil fuera descifrar la clave hacia la felicidad perpetua del ser humano ¿por qué hoy mueren más jóvenes en países desarrollados a causa del suicidio? ¿cómo explicamos el éxito de retos como el de la ballena azul o el de morder una pastilla de detergente entre adolescentes? En lo personal lo diría así: a estas generaciones se les proporciona mucho, pero se les satisface poco.  ¡Y cómo rellenar hasta el borde a un saco roto!

Por ello, no es singular que muchos se pregunten ¿para qué seguir siendo católico si me impide de ser como los demás? Cuando sea adulto volveré a la religión, pero ahora no me sirve. Es la generación del desencanto, pero es también desde esta lógica que observamos que los jóvenes quienes se sienten como barcos a la deriva, vacíos e insignificantes en un sistema que no los ve por su valor único y irrepetible se sienten atraídos por Cristo. Recordemos las sabias palabras de San Juan Bosco: “No hay jóvenes malos, sino jóvenes mal orientados”.

Si comprendemos esto, nos daremos cuenta de que ¡sí es posible ser joven y católico! El hecho de que pensemos que ellos prefieren la diversión y la fiesta es porque subestimamos su capacidad de entrega, santidad e integridad moral. ¿Sabías que 400 sobre 10,000 canonizados y beatificados por la Iglesia son niños? No parece mucho pero ¡lo han logrado! Te aseguro que nos es difícil imaginar a un niño haciendo penitencias, ayunos y oraciones diarias por amor a Jesús voluntariamente, pero ¡eso es el amor verdadero! Una entrega que traspasa edades, lenguas y nacionalidades.

Quedémonos con las palabras del Papa Francisco: “Yo tengo confianza en ustedes, jóvenes y pido por ustedes. Atrévanse a ir contracorriente”.

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